De colillas, calles y playas

Hagan la prueba, sólo les llevará unos minutos, en esas largas horas de playa. Cojan un vaso, una bolsita de plástico para usar a modo de guante, y dediquen 5 minutos, no más, a recoger las colillas que hay en la arena, alrededor de su sombrilla. Les aseguro que llenarán el vaso enseguida, y que no tendrán que alejarse mucho. En apenas un par de metros cuadrados de playa puede haber un centenar de colillas. Podríamos hablar de otros residuos que se amontonan en nuestra playa, latas, botellas, bolsas, papeles… pero vamos a centrarnos en las colillas.

Conozco a mucha gente que no tiraría un papel al suelo, gente cívica y cuidadosa con su entorno, pero que dejan caer su colilla al suelo. Es una especie de residuo admitido socialmente, a nadie le extraña,
parece que el sitio lógico de una colilla es el suelo, salen disparados por las ventanillas de los coches, los peatones las disparan, algunos son especialmente habilidosos lanzándolas lejos, buscando alguna alcantarilla, o un alcorque. Las calles de nuestras ciudades acumulan cientos de miles de colillas. Y, claro, ese comportamiento se traslada a la playa sin dificultad, y nuestras colillas terminan enterradas en la arena o disparadas contra el oleaje después de un cigarrito en la orilla.

IMG_20150803_192255Es un gesto un poco tonto, porque posiblemente mañana, o dentro de unos días, volveremos a ese mismo lugar, a ese mismo rincón de la playa, y echaremos nuestra toalla sobre las colillas que sembramos
días antes. Quiero decir que ensuciamos nuestro entorno, nuestra playa, nuestra calle. La misma lógica que nos hace usar ceniceros en casa debería hacernos buscar una papelera en la calle, o algún
recipiente en la playa. Pero no: por alguna razón nos echamos basura alrededor, y contaminamos de paso un entorno que no nos pertenece en exclusiva, donde habitan otras especies de animales y plantas. Tengo
una teoría sobre las colillas: al ser un residuo tan pequeño y tan “socialmente” admitido, si conseguimos concienciarnos al respecto, esa concienciación se extendería al resto de nuestros “vertidos”. Es decir: el que entienda que tirar colillas al suelo es incívico y modifique su comportamiento tampoco tirará latas, cartones o bolsas.

Ya se: a muchos les parecerá una teoría estúpida, una bobada buenista. Pero no menos estúpido es llenar nuestra playas, nuestras calles, de colillas. No encuentro ninguna razón por la que nos pueda gustar vivir rodeados de suciedad que generamos nosotros mismos. Así que, por favor, la próxima colilla no la deje caer, no trace un arco, no la entierre en la arena, no la lance contras la olas.

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Javier Rodríguez

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