De mantas y limosnas

Se puso el gorro antes de salir, y dentro del gorro se le agolpaban los pensamientos, perezosos e inquietos a un tiempo: no le gustaba ser pobre en Navidad, tampoco el resto del año, claro, pero mucho menos aún en estas fechas, porque ser pobre en navidad le convierte a uno en objetivo de cierta solidaridad obligatoria, que se ejerce más por costumbre que por conciencia, y que desaparece tan pronto como llega, una solidaridad en forma de manta, aparecida por la mañana junto a los cartones en los que duerme; una solidaridad en forma de limosna generosa, de alguna invitación a café, de un plato de restos de alguna cena abundante; una solidaridad, incluso, en forma de charla amistosa, tal vez un poco forzada, pero amistosa; una solidaridad en forma de telemaratones televisados, muy previsibles, muy comerciales. Esos pensamientos se agolpaban en su cabeza, y, definitivamente: no le gustaba ser pobre en navidad, tampoco el resto del año, claro, pero al menos el resto del año no se siente tan beatíficamente señalado por gente que no está, ni de lejos, dispuesta a cambiar nada para ofrecerle a él y a tantos un lugar en la sociedad, un lugar caliente y amable.

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Gonzalo Revilla

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