De un lado a otro

Cada uno tiene su imagen particular cuando hablamos de un fenómeno tan complejo y tan disperso como es el de la inmigración. Unos pueden recordar la imagen de los cayucos o las pateras llegando a suelo español, otros pensarán en las miles de polacas, rumanas o marroquíes que, puntualmente, recogen nuestra fresa, o en aquellos que llegan a nuestro país vía puente aéreo, para unos tendrá color negro, para otros será rubia y para otros, sin más, el indefinido color del miedo. Para unos es dinero, para otros competencia. Unos ven el conflicto cultural, otros subrayan el sabor de las nuevas comidas que nos traen. Unos miran un origen precario o directamente mísero, otros hablan de las condiciones de un penoso viaje. Y todos asegurarán que aquello de lo que hablan es inmigración. A veces, incluso confundiendo este término con otros más explícitos como el asilo y el refugio político de los que huyen de una dictadura o una guerra, o como el del tráfico de personas con fines de explotación, cuyas víctimas, según los convenios internacionales y nuestra legislación debían estar especialmente protegidas por nuestras autoridades sin contraprestación alguna.

La inmigración de personas que voluntariamente, sin engaños ni presiones deciden abandonar su tierra para marchar a otra en la que esperan encontrar mejores condiciones, mejor trabajo, mejor vida, es un fenómeno que siempre ha existido, eso ya lo saben ustedes. Lo que es más desconocido es el hecho de que en toda esa historia no eran países boyantes los que atraían a personas de zonas más míseras. Sino países que sabían que la inmigración iba a suponer una fuente de riqueza los que la procuraban. Así ha sido siempre en la historia, frente a los países que se desangraban viendo cómo aquellos que podrían levantar el país se marchaban lejos. Las divisas suponen sólo un pequeño atenuante de este golpe.

Elijamos el modelo que elijamos, observamos un error común a todos los países en todos los momentos históricos y en todas las latitudes. Se ha entendido el fenómeno migratorio sólo desde la vertiente económica más inmediata. Y, así, si las cosas van bien, traemos inmigrantes, que no, a levantar alambradas y cerrar fronteras. Olvidando, además, todas las demás dimensiones del fenómeno.

En las zonas de destino se suele olvidar que llegan personas con sus inquietudes, con sus problemas de salud, con sus necesidades educativas, con su tiempo de ocio, con su cultura. Mientras en las zonas de origen se olvidan -obnubilados por el precioso color de las divisas- de que se quedan sin gente que eduque a los niños o cuide a los mayores, que coticen en su Seguidad Social, que trabajen en aquellos sectores que podrían levantar la economía.

Todo menos construir un debate serio sobre el papel que tienen las migraciones. Aquí, concretamente, deberíamos preguntarnos mejor entre todos cómo afrontamos la llegada de miles de personas, los retos sociales, económicos, éticos y culturales que esta situación nos plantea.

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Javier Rodríguez

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