Debe ser porque los árboles no votan.

Leo con consternación en la prensa local de este sábado que Huelva va a perder una más de sus señas de identidad. La reseña anunciaba que esta misma semana comenzarían las obras de remodelación y mejora (¿?) de nuestra popular plaza de las Monjas y, como si de un detalle molesto se
tratara, apunta la noticia en apenas tres líneas que se eliminarán los ficus que adornan el costado oeste de la misma. Son unos gigantones verdes, esos viejos ficus cuyo ramaje ha amparado del calor a muchas generaciones de onubenses, y apenas merecen tan triste epitafio entre
tanto despliegue informativo sobre las iniciativas señeras de nuestro gobierno municipal. Pero ha sido siempre así, no vamos a engañarnos ahora.
Somos capaces de pasar junto a ellos y no perder un minuto en admirar la generosidad con que nos regalan, cada día, la visión de esa naturaleza serena y fresca de la que esta humilde capital siempre ha carecido entre tanto ladrillo, cemento y fuente grosera como abunda últimamente. Parece
que un briboncete desmemoriado con un título bajo el brazo ha decidido que alguna palmera escuálida, de esas que no dan cobijo ni para parar de perfil a encender un
cigarrillo en una tarde de verano, sustituirá a esos titanes cuyas semillas hubieron de esperar a que el almirante cruzara el atlántico para que llegaran hasta nosotros.

Y lo digo con conocimiento de causa porque acabo de regresar de una larga estancia centroamericana en la que he podido admirar a sus parientes creciendo al otro lado del mundo, y no he dejado ni por un momento de sentirme orgulloso de vivir en una de las pocas ciudades de nuestra piel de toro en las que existe tal testimonio vivo de esa historia que nos une a los latinoamericanos, unas veces por la vía de la brutalidad y otras veces por lazos que atan más dulcemente, con un sentido mucho más auténtico que esos lugares colombinos de cartón piedra que las oficinas de turismo gustan de reseñar. Qué quieren que les diga: se echa de ver que hay ciudades que aman su pasado y se levantan sobre él con sensibilidad mientras que otras prefieren automutilarse y devorar su propio y mermado
patrimonio con la misma saña con que Saturno mordisqueaba a sus hijos sin importar el daño que a sí mismas se inflingen y sintiéndose satisfechas de su propia ignorancia. Pues nos guste o no, aquí se trata con desprecio lo que de auténtico existe entre nosotros para promocionar con fruición los
espectáculos ajenos, la pandereta de atrezzo y la esa identidad típica y tópica con que el Ayuntamiento premia a sus electores que, por otra parte, supongo que tienen ni más ni menos que lo que se merecen y justo lo que desean.

Por unos momentos me vienen a la cabeza soluciones desesperadas: encadenarme al vigor de sus troncos, movilizar a los amigos si es necesario, enarbolar una pancarta ahora que vuelven a estar de moda. Pero sé que estoy sólo en esto, que me toman por loco si paro debajo de esos árboles y me pierdo en el eco frondoso de sus hojas cuando las acaricia el viento que viene del atlántico como si les trajera noticias de esos parientes lejanos que ahora ya tienen otra pérdida que lamentar; que para una gran mayoría son un incordio perfectamente prescindible, como todos los incordios, y que los cambiarían con gusto por una calle más ancha para sus coches bien cebados o alguna otra necesidad de ese nuevo desarrollismo que no es mucho mejor que los que ya hemos vivido. Pero esto es lo que hay, el signo de los tiempos en mi humilde capital: fútbol de primera, urbanismo de tercera regional.

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Dos Orillas

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