Decrecimiento

Es un termino muy joven, pero ha sido muy bien recibido. Incluso con abucheos. Hace referencia a la necesidad de ir generando prácticas que inviertan la locura del crecimiento ilimitado. Recoge muchas iniciativas de consumo sostenible y ecológico, trueque, bancos de tiempo, simplicidad voluntaria, comercio de cercanía, energías alternativas, huertos urbanos… que coinciden en una lógica común: el modelo occidental de consumo y productivismo conduce al caos, y margina, mientras tanto, a millones de personas en todo el planeta. Así pues se hace necesario adoptar otros patrones de vida, más acordes con la finitud de los recursos, y más acordes también con nuestras necesidades y nuestros ritmos vitales.

“No somos antisistema: el sistema es antinosotros”, proclaman estas corrientes de decrecimiento. Porque es evidente que el consumo ilimitado de bienes y servicios no nos ha hecho más felices. Está demostrado que, a partir de un nivel de consumo determinado (una vez cubiertas las necesidades de alimentación, vestido, techo y ocio), la felicidad de los seres humanos no crece al ritmo de su riqueza. Y vemos, por otra parte, que esa acumulación de bienes en manos de unos pocos supone la miseria de otros muchos. Es decir: estamos poniendo en peligro la supervivencia de la especie para el futuro, y ni siquiera le sacamos rentabilidad a efectos de felicidad en el presente. ¿Tiene sentido?

Muchos pensamos que no, que no tiene ningún sentido seguir en esta dinámica. Por eso nos parece que el Decrecimiento es una alternativa, un camino a seguir, una nueva manera de entender la vida y nuestra relación con los bienes. No hacen falta grandes discursos, ni siquiera hace falta inventar nada: se trata de rescatar prácticas sostenibles, profundamente humanas, actividades que nos ayudan a vivir mejor con menos.

Decrecimiento: comprar en pequeños comercios, fruta y verdura del tiempo y de la zona, reducir el consumo, reutilizar los objetos (móviles, electrodomésticos, muebles…) hasta el límite de su vida útil, aprender a compartir, usar los “bancos del tiempo” de nuestra ciudad, poner límite al número de prendas de vestir que tenemos, prestar los libros, compartir el coche, usar la bici, repartir el trabajo, usar transportes públicos… mil pequeños gestos cotidianos, que exigen cambios en nuestros hábitos y comportamientos, pero que a la larga nos harán más felices. El Decrecimiento quiere ser una propuesta aglutinadora de todo eso, una apuesta por la sostenibilidad, por la autogestión y por la relocalización de la economía. Todo ello desde pequeños gestos asumibles, sencillos, al alcance de cualquiera. No nos cuesta nada probar. Y tal vez descubramos que decrecer no es hacernos pequeños, sino encontrar la justa medida de las cosas.

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Gonzalo Revilla

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