Del color de la tierra

El 1 de enero de 1994, día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, que supuestamente simbolizaba el ingreso de México en la modernidad, la insurrección zapatista, liderada por el subcomandante Marcos, puso en primera fila la dignidad y los derechos de los indígenas del país. Hace veinte años de ese momento que llenó de ilusión tantos corazones. Brotaron por todas partes comités de solidaridad, las palabras del subcomandante circulaban llenando de poesía todo el universo. Ningún líder, desde el Che Guevara, levantó tanta expectación ni tanta admiración. Chiapas se convirtió en lugar de encuentro y utopía. Se hicieron canciones, libros, documentales. La esperanza de otro mundo posible se depositó en ese pequeñito lugar del mundo.

En 2001 surgió la marcha zapatista a la Plaza del Zócalo de la capital: la marcha del color de la tierra, la marcha de la dignidad indígena, la marcha de los empobrecidos que exigen ser protagonistas de su historia. A partir de ahí el silencio. La revolución zapatista fue perdiendo protagonismo mediático. Y sin embargo Chiapas sigue existiendo, Chiapas sigue siendo punto de encuentro de la solidaridad y la rebeldía. Las comunidades zapatistas han creado escuelas, cooperativas, servicios médicos, centros de producción de café y otros alimentos cuyos beneficios se destinan a las necesidades de la comunidad. Otra forma de relación, otra forma de organización, hecha desde la ternura y la solidaridad, hecha desde la utopía y la justicia, hecha desde los empobrecidos, para los empobrecidos, con los empobrecidos. Chiapas sigue existiendo y aquella revolución romántica de hace veinte años es hoy una forma de organizar ese otro mundo posible, tan alejado de este mundo que propone el capitalismo salvaje y genocida que nos gobierna. Chiapas son los hombres y mujeres de maíz, de rebeldía antigua y corazón fuerte, cuya mejor arma es la palabra, testigo de lo construido.

Chiapas nos hirió con herida de vida el corazón. Y hoy es una cicatriz indeleble, que nos recuerda y nos enseña que la pelea es por morirse aliviando, en un beso, el dolor de la tierra. Nosotros somos del color de la tierra y nuestra arma también es la palabra. Podrá morir el rostro de quien la nombra pero la palabra no morirá porque nació y vino desde el fondo de la historia, desde lo profundo de la tierra y siempre habrá alguien que viva para cantarla.

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Dimas Haba

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