Desafección: por decir algo

En estos días se ha hablado mucho de una encuesta en la que los ciudadanos, preguntados sobre los problemas que más les preocupan, han colocado a los políticos en el tercer lugar. Me gusta especialmente una palabra que se ha repetido: desafección. Es un término amable, que recoge con elegancia los trazos, mucho más gruesos, que se escuchan en la calle sobre la clase política. Lo cierto es que muchos miles de personas no se sienten representados por los políticos, no sienten que sus intereses estén siendo defendidos en consecuencia, y se enfrentan a una especie de “orfandad democrática”.

Los políticos insisten en que su representatividad procede de las urnas. Pero a veces lo hacen sin argumentos, de la misma forma en que los reyes o los faraones esgrimían a los dioses como sus garantes. Piensan que un proceso electoral los exime de cumplir los juramentos o promesas que hacen para acceder a sus cargos. Muchos políticos olvidan demasiado rápido que su prioridad es la defensa de los intereses de la gente que los votó, y también de las que no lo hicieron. Y se sorprenden cuando esa gente le pide cuentas, le pide fidelidad, honestidad…

Los movimientos de indignados han ido madurando en este tiempo. Y se han dado cuenta de que la democracia tiene límites, y que resulta muy difícil ejercer la tan cacareada soberanía. Los ciudadanos están muy lejos de los centros de decisión, y es muy farragoso conseguir que las aspiraciones de la sociedad se reflejen en el Congreso, o en el resto de Instituciones regionales. Y algunos pocos empiezan a hablar de proceso Constituyente, poniendo el dedo en una llaga que aún parece reciente. Aunque observan que esa misma Constitución sobre la que cierran filas es la misma que han manoseado hace muy poco para garantizar el pago de la deuda a los mercaderes de turno.

En cualquier caso: si los políticos no reaccionan, si las instituciones no dan un paso al frente y reconocen que se han alejado de su cometido, que han puesto la democracia a los pies de los caballos, si no son capaces de generar un debate sobre este descontento generalizado, entonces la distancia se irá abriendo cada vez más. Y por más que esgriman las urnas como credencial no podrán impedir que la desafección los expulse de una u otra forma. No se si hay cauces dentro del actual marco democrático que permitan este proceso. Si los hay habrá que aprovecharlos. Y si no los hay habrá que construir otro marco desde el que crecer, con más participación, con más herramientas de debate, presupuestos participativos, programas electorales vinculantes, listas abiertas. Lo que sea. Lo único que no podemos permitirnos es pensar que no ocurre nada, pensar que esta orfandad democrática es como un fiebre pasajera. Y es, me da la impresión, lo que estamos haciendo.

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Gonzalo Revilla

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