Descendientes de la rabia

Es muy frustrante escuchar a veces en los medios de comunicación hacer análisis de algún problema social, como si nadie se lo hubiese visto venir y nos tomase a todos por sorpresa. Últimamente se habla y se debate mucho sobre el número de jóvenes conversos al yihadismo que se están tomando la venganza como misión personal. Es frustrante que esto se traten como novedad ahora, porque este problema ya se intuía en 1983 cuando en Francia sesenta mil personas protagonizaron la conocida Marcha de los Beurs (término utilizado para referirse a los nacidos en Francia con padres de origen africano), y se veía venir también, cuando hace unos años comenzaron los levantamientos en los suburbios franceses e ingleses protagonizados por jóvenes que reclamaban sus derechos de acceso a la igualdad de oportunidades.

Son los descendientes de una rabia que muta en terrorismo, nacidos en una cultura muy distinta a la que les inculcan de pequeños, heredan un sentimiento de ser despreciados y la misión de venganza ante quienes simbolizan ese desprecio recibido. Pero no es una cuestión de desavenencias entre religiones, esto tiene que ver con una cuestión de la injusticia y el reclamo por la igualdad de oportunidades. No es solo cosa de pobreza, sino del derecho a la identidad. El sufrimiento injusto, el que no es natural, el provocado por el egoísmo consciente de alguien, no es para nada un hecho que se pierda en el olvido,como dice Depedro, la memoria de los que padecen no se pierde, sino que tiene hijos poderosos y cualquier día vienen a vernos.

Vilvoorde una pequeña ciudad industrial belga, se ha convertido en un semillero para la yihad. Ya van más de cuatrocientos jóvenes, algunos ya muertos en Siria o Irak. Todos tienen en común falta de empleo y de acceso a los estudios superiores, problemas de integración y antecedentes.

Inmigrantes de primera y segunda generación de países musulmanes, hijos de inmigrantes que se siguen sintiendo fuera de lugar, menospreciados por no haber podido elegir la historia que les precede. No son los únicos que se sienten así, a las nuevas generaciones que han nacido y crecido en los campamentos de refugiados saharauis también les cuesta encontrar explicación al sufrimiento de su pueblo y cada vez aceptan menos eso de tener que contener la rabia, aguantar y esperar. Es una pena que tenga que llegar el despertar de la cólera para que salte la alarma y que tal alarma no sea por sus vidas sino por la amenaza que ellos suponen para el orden público, porque esto denota que seguimos sin enterarnos de nada.

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Carmen Murillo

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