Descreído

Hay algo peor que ser desconfiado, y es ser descreído. Absorbemos diariamente multitud de noticias sobre lo mal de la situación del país en la mayoría de los frentes imaginables, nos ponemos en confrontación con casos concretos de personas que trágicamente han perdido su casa, su trabajo, su negocio, su futuro, su ilusión, y vemos claramente como sí hay culpables de ese sufrimiento que están/estamos padeciendo. Las decisiones políticas, la pésima gestión, la nula asunción de responsabilidades, el mangoneo, la corrupción, el abuso, la nula confianza en instituciones hasta ahora intocables como el Banco de España o la Casa Real. Por no hablar de los agoreros internacionales, que nunca pronostican una mejora de las condiciones macroeconómicas, no sólo ya a corto, sino a medio plazo y cuya receta mágica siempre se basa en el recorte de derechos y la privatización. Todo eso es diario, permanente, cotidiano y genera una gran desazón.

Las mareas se suceden o se superponen: la verde, la blanca, la amarilla, stop desahucios, el 15M, hasta la huelga de Iberia. Vemos noticias difíciles de entender, como que ENCE despida personal tras el incremento de sus beneficios, o el cierre del tren de Zafra que llevo sobre mi corazón. Y es en este punto es cuando me debato entre la neurosis y el descreimiento. Por un lado, la neurosis de llevar a lo personal todas las reivindicaciones, la obligación de participar en los actos, charlas, reflexiones o manifestaciones, y, por otro, la tentación de pensar que nada de lo que se haga protestando va a llegar a ningún sitio, que las decisiones ya están tomadas y no hay vuelta atrás.

Pero, por otro lado, no me siento representado con el ser descreído, porque no deja de esconder, además del cansancio o la confusión, un retraimiento que puede llegar fácil al egoísmo o la cobardía. Entonces será cuestión de buscar de qué manera protestar, qué espacio ocupar o qué bandera levantar, siendo consciente de que es imposible llevarlas todas, lo que me hará entrar en conexión con lo limitado de mis capacidades, pero también con lo urgente de la lucha. Supongo que el querido lector recordará la película “La Historia interminable”, y como la “Nada” avanzaba cada día. Ante esta destrucción algunos huyeron, otros lucharon, ya sea activamente, como Atreyu, o de forma pasiva, como Bastian, pero ambos consiguieron reconstruir lo que la “Nada” había destruido.

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Victor Rodríguez

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