Desencuentro

Sus miradas se cruzaron sólo un instante. La acera es estrecha y el joven se aparta ligeramente para no tropezar con la anciana. Después se dan la espalda y siguen su camino, distraídamente. Pero cada uno de ellos va pensando en el otro, como si esa mirada fugaz los hubiera atrapado en un mismo pensamiento. Ella va pensando en que menuda juventud, con esas ropas y ese cráneos rapados, que parece un delincuente. Aunque a su edad, bien es cierto, casi todo el mundo le parece un delincuente. Después del miedo, lo que más le inspiran esos jóvenes es rabia, un sentimiento confuso, una certeza de que, para todos estos chavalitos la gente como ella es transparente, invisible. El mundo, la ciudad, la vida, todo les pertenece, y para las viejas como ella no queda nada. El joven, por su parte, ha vuelto levemente la cabeza. La abuela, a pesar de sus torpes andares, ya está lejos. Le ha parecido simpática, aunque tenía en la mirada ese miedo gruñón que tiene casi todas las abuelas. Le gustaría sentarse con ella y escucharla, siempre le ha gustado escuchar las cosas de los mayores. Cuando sus abuelos vivían él los visitaba a menudo, y les pedía que le contaran las cosas de antes. Envidiaba, de alguna manera, toda esa sabiduría, un poco artrítica, pero sabiduría a fin de cuentas. El mundo era bastante hostil, muy complicado de entender. Esa viejita que se alejaba seguro que podría enseñarle dos o tres cosas sobre la vida. En ese momento sonó el móvil de él, y ella torció la esquina: el pensamiento que los había atrapado durante unos segundos se disolvió en forma de desencuentro. (proyecto@dosorillas.org)

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Gonzalo Revilla

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