Deseos para un tiempo nuevo

Me cuentan algunos amigos en estos días sus propósitos de año nuevo. Algunos devotos del crecimiento personal y la autoayuda aspiran a leer más, reflexionar más y avanzar más en el prolongado camino del cambio interior. Su intento es encomiable, pero cuando los oigo tengo la impresión de que esa perfección en aumento no tiene ojos para el aquí y el ahora, para las situaciones sufrientes, para los dramas cotidianos. También tengo otros amigos en constante y enérgica movilización comprometida: siempre disponibles para cualquier causa justa, para la actividad a favor de los otros, para rebelarse contra la indignidad. Son personas carismáticas y entregadas, cuyas aspiraciones trascienden siempre su propia historia, como si la urgencia de un cambio colectivo no dejara hueco para otros intereses.

Siempre me ha incomodado esa falta de equilibrio en los valores que elegimos como motor de la vida, porque entiendo que las personas auténticamente sabias son las que saben escapar de ese movimiento oscilante. Tras muchos vaivenes del péndulo, la especie humana está empezando a desmontar por fin algunos antagonismos tan artificiales como este que obliga a elegir entre el cambio personal y la transformación social, como si uno pudiera mirarse el ombligo a espaldas del mundo o como si los problemas globales no repercutieran en las vidas de los individuos. Nunca como hoy han estado tan imbricadas las decisiones personales y los desafíos colectivos, lo racional y lo emocional, la ciencia y el espíritu… Nunca como ahora el destino de la manada ha marcado tan inexorablemente los deseos de plenitud de cada uno de sus miembros. Vivimos un momento histórico especialmente convulso pero apasionante, porque ya no cabe aquello de parar el mundo y bajarse: o nos salvamos todos o el barco se hunde con todos sus ocupantes. Por primera vez en la evolución el futuro es uno solo.

Así que mis deseos para el año nuevo, y los de todo el equipo de La otra orilla, no aspiran a ser originales. Nos gustaría que el 2014 sirviera para tejer alrededor más redes fraternas, alternativas de vida, espacios de verdadera solidaridad: la que iguala, la que revoluciona, la que dignifica. Que nuestra existencia sea un poco más humana a base de humanizar los trabajos y proyectos, las relaciones y los vacíos. Que no renunciemos a la indignación ni a la ternura. Y que podamos vivir la felicidad que está en la antesala de una vida feliz.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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