Desfacer el entuerto

No daba crédito a lo que veían mis ojos, aquel tipo, con su traje de chaqueta y su corbata, pasaba frente a mi casa, con su pala y su carrillo de mano, por el camino que lleva directamente a las balsas de fosfoyesos. No daba crédito, no. Menos mal que luego lo dijo la tele y entonces sí, entonces comprobé que era verdad. Aquel tipo que parecía un ejecutivo, lo era y, efectivamente, se dirigía a aquel paisaje lunar del que tantas historias se contaban, pero en el que nadie se atrevía a adentrarse. Según decían, estando en el consejo de administración, cuando llegó la sentencia de la Audiencia Nacional en la que se afirmaba que el vertido que la empresa estaba realizando era muy peligroso y que todo aquello era una gran ilegalidad, mientras sus compañeros discutían la vía de eludir aquella sentencia, estudiaban posibilidades de apelación, aparentaban indignación por tamaña injusticia. Mientras sus compañeros seguían el curso lógico de un consejo de administración que se enfrenta a una sanción judicial, él se levantó y dijo: pues si es ilegal y si lo que nos piden es recoger lo que hemos vertido, yo no voy a perder ni un segundo. Y se fue a “desfacer el entuerto” y desde entonces le veo pasar varias veces al día con su carrillo lleno de una materia blanca, como la larga barba blanca que le ha crecido. Cada vez más famélico.

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Javier Rodríguez

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