Diario de un veraneante

“…No lo entiendo. No puedo dormir desde hace días. Y es que en estas vacaciones me ha pasado algo que no podré olvidar nunca. No ha sido una gran aventura ni por lo deliciosa que ha estado el agua todo este tiempo. No, es otra cosa, no podré olvidarme de sus ojos, de sus manos, de sus labios secos como el esparto y de cómo se agarró a mi cuello y me pidió que le ayudara, sin palabras, con la mirada. Llegaron desorientados, jadeantes, alguno ya muerto. Se echaron al suelo y algunos dieron gracias a Dios, otros al ver la arena se la llevaban a la boca llorando y besándola, y algunos, errantes por el cansancio, volvían al mar. Entre tanto nosotros allí, tomando el sol, oliendo a crema, apartados en sombrillas. Nosotros y de repente, sin invitarles, ellos con nosotros. Algo invisible conmovió la playa y nos lanzamos a socorrerles. Los primeros con coraje, después los otros, como yo, menos atrevidos. A pesar de la desgracia me siento privilegiado, de haber estado allí, de hacer que el agua llegara a sus labios, de decirle que no había muerto. Esta madrugada volví a despertarme con ganas de llorar, y es que ese chico, casi un niño, me miró a los ojos y me transmitió más de mil kilómetros de desesperación, de sed, de hambre, de miedo, de injusticia. Me miró y no puedo dormir, y no por pena, sino por rabia…..”

En la playa, en crucero o surfeando podemos tropezarnos con la tragedia y a la vez la esperanza de la otra orilla. ¿Hasta cuándo?

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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