Dignificación de una profesión: la de taxista.

Ocho años hemos tardado en ver cómo se asesinaba otro taxista en nuestro país. Quizás pasen otros ocho años para que se repita. O quizás no.Desde este espacio nos permitimos criticar la atención e importancia que se le da al gremio. Si nuevamente nos comparamos con Europa que es lo más cercano, tenemos de las mayores tasas de siniestralidad del viejo continente. En Gran Bretaña, a parte del interés estético que suscitan los típicos taxis londinenses, el conductor/a cuenta con una gran seguridad: pantallas transparentes a prueba de bala, intercomunicador con el cliente, contacto directo con la Policía, y por si fuera poco, cierre de seguridad y el novedoso GPS obligatorio, como en otras ciudades del mundo como Nueva York o Ámsterdam. Esto es de serie, obligatorio.

No proponemos que se cambien todos los taxis de un golpe, pero al menos la seguridad debe estar garantizada en las grandes urbes donde el riesgo es mayor, y esta reinvindicación ya es antigua. Raro es el taxista que no haya tenido alguna peripecia a lo largo de su vida profesional. En estas ciudades deberían implantar parte de estos complementos, y debería de ayudarse y facilitar por parte de los gobiernos el acceso a estas prestaciones, subvencionando o reduciendo el coste al mínimo; no se trata de un capricho, y hasta ahora sólo lo tiene el que puede pagárselo, por lo que no se asegura que “todos los taxistas” puedan volver a casa al finalizar su carrera diaria.

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Dos Orillas

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