Disturbios

Unos chicos en Londres rompen escaparates, tiran piedras y se enfrenta a la poli. También en otros lugares. Los medios los confunden, algunos de forma tendenciosa los asimilan a nuestros chicos del 15M. La lectura, en cualquier caso, es muy similar: inadaptados, perroflautas, pijo-progresía, chavales aburridos, sin moral ni límites, que han decidido tomar por la fuerza lo que se les niega por derecho. No tienen presente ni futuro, porque todo lo que disfrutaron sus padres está ahora hipotecado, privatizado o vendido a las grandes corporaciones. Van a tener que pagar hasta por el aire que respiran, y algunos muchos han decidido decir basta. Con acampadas o con adoquines, dependiendo de la paciencia de cada cual.

Desde un edificio acristalado otra tribu urbana se afana en su tarea: son señores enchaquetados, que delante de un ordenador planifican ataques a la divisa de tal o cual país, que especulan, que manejan las tramoyas de la economía para engordar sus cuentas en paraísos fiscales. Esos manejos (sucios, indecentes, en la frontera de la legalidad) dejarán en el paro a millones de personas, o provocarán subidas en los alimentos de países empobrecidos, o dejarán para el arrastres a países enteros, endeudados, arruinados… Cuando terminen de hacer todo eso apagarán en ordenador, y se irán a casa, y comentarán con el vecino lo mal que está el mundo y lo gamberros que son los encapuchados.

En medio la policía, y sus patrones los Gobiernos. La pregunta es legítima: ¿a quién hay que defender de quién? Pero los Gobiernos no quieren hacerse esa pregunta porque la respuesta es obvia. Resulta mucho más rentable dirigir las mangueras de agua, empuñar las porras y soltar a los perros contra los encapuchados, es lo que esperan todos, es una escena familiar. El mundo queda así perfectamente ordenado, nuestra retina procesa y archiva este orden de cosas, y los golpes, incluso los muertos, quedarán perfectamente justificados…

Es que son muy violentos, diremos escandalizados, habrá que detenerlos sea como sea… Repitamos la pregunta ¿quién es violento? ¿el chico que rompe un escaparate y se lleva un pantalón de marca? ¿o el chico que con un click ataca los mercados y desestabiliza la economía?

Pero la cosa no va de preguntas: con un par de imágenes de la policía enfrentándose a los encapuchados el sistema se garantiza la continuidad. Lo único que necesita para reprimir con cada vez más violencia los disturbios es la complicidad del resto de la sociedad. Están en ello. Y lo hacen rematadamente bien.

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Gonzalo Revilla

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