Domund

Se había tirado en la mesa de la maestra toda una semana, la puso allí con la advertencia clara de que esperaba que no se repitiera el espectaculo del año anterior, en el que nuestra clase fue la que menos aportó. Pero a mí se me olvidaba todas las mañanas pedirle a mi madre unas monedas para echarlas en la hucha del Domund. Cuando me acordé fue demasiado tarde y ya se la habían llevado para el fatídico recuento en el que, por mi culpa volveríamos a ser los más roñosos. Con mi moneda de cinco duros en el bolsillo-toda una fortuna- no sabía qué hacer, comentarle a la maestra el problema serviría de excusa para un escarnio público, devolverle a mi madre la moneda no me convencía así que, a la salida de clase me fui al quiosco más cercano y pedí tantas chucherías que me entró un cólico. Para mi conciencia quedó lo que había provocado aquello, yo atiborrado de golosinas y aquel negrito de la foto no tendría ni para comer. Hoy se lleva celebrando el Domund ochenta años, y se nos invita a tener presente la figura de los misioneros. Cuarenta onubenses están repartidos por el mundo en los países más variopintos. Las huchas del Domundo nos traían a nuestra casa una realidad totalmente desconocida para nosotros, ellos traen a nuestras conciencias la existencia de un mundo que sufre y de la necesidad de comprometerse. Pero claro, por desgana o por despiste seguimos atiborrandonos mientros a otros no llega nada.

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Javier Rodríguez

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