Donante de Sangre

Vicente arrastró la pértiga del suero hasta la sala de espera. Se asomó al balcón y observó como un inmigrante bajaba las escaleras del servicio de donantes. Sintió que la cabeza se le desmoronaba. Si aquel sudaca donaba sangre tal vez otros muchos lo estuvieran haciendo ya. Y los bancos de sangre estarían llenos de la sangre de moros, sudacas y negratas. Eso pensó Vicente. Estaba hospitalizado a causa de una bronca callejera. Él y sus amigos se dedicaban a insultar y golpear a inmigrantes. Hace tiempo le contaron todo eso de la raza pura y la invasión y la supremacía y él se lo creyó. Se rapó el pelo y se tatuó una esvástica. Pero ahora estaba en un hospital, recién operado, y había recibido una transfusión de sangre. Su sangre pura se había mezclado irremediablemente con la sangre de quién sabe. Así que no tenía sentido seguir siendo racista. Se dejaría crecer un poco el pelo y convertiría la esvástica tatuada en un dragón alado. El inmigrante ya salía del servicio de donantes. Vicente lo siguió con la mirada. Y se sintió extrañamente unido a aquel desconocido. Qué cosas, pensó. Porque ya pensaba.

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Gonzalo Revilla

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