Ecología de salón

Recuerdo un capítulo de los Simpson´s en el que, en un viaje por Japón, se
encontraban de repente con la fábrica de Hello Kitty y, tras el algodonoso
aspecto de la adorable gatita aparecía una abominable factoría llena de
chimeneas y vertidos tóxicos. Y es que algunas veces nos sobra ingenuidad,
o desconocimiento perezoso, sobre el origen de muchos de los productos que
tenemos a nuestra disposición y a los que se les otorga un interesado halo
de respetabilidad.

El caso del biocombustible es un buen ejemplo de ello. Es fácil caer en la
tentación de que estamos haciendo algo muy bueno para el planeta, cuando
esa percepción necesita de más variables para poder efectuar el juicio de
valor en toda su complejidad. Para empezar, el biocombustible es una forma
de energía que tiene una base natural, es decir, se extrae de plantas como
la colza, el maíz o la caña de azúcar. Su cultivo intensivo necesita
deforestar grandes extensiones para hacerlo productivo, por lo que genera
la emisión de enormes toneladas de CO2 a la atmósfera, además del uso de
maquinaria pesada, pesticidas y fertilizantes químicos, y del coste de
transporte hasta los polígonos de transformación y usuarios finales. Pero
donde el biocombustible resulta más nocivo es en la competencia que
representa para la alimentación humana. De hecho, en los últimos años, el
precio de dichos productos, de los que depende la alimentación de millones
de personas, se ha multiplicado exponencialmente al cotizar en mercados a
futuro internacionales, convirtiéndose en una materia más con la que
especular y hacer negocio. La consecuencia de todo ello es fácil de sacar:
ha provocado la malnutrición y hambruna en países que tradicionalmente no
han tenido problemas de abastecimiento interno.

Todo esto nos debería hacer reflexionar sobre las buenas prácticas en
cuanto a protección medioambiental. Y es que entre un zumo ecológico hecho
en Austria y otro de Don Simón hecho en Villanueva de los Castillejos, el
segundo es infinitamente más coherente con esa visión integral que el
primero. O de nada sirve que nuestro coche sea eléctrico si la fuente a la
que lo enchufamos no es renovable, o lleva una enorme pila de litio cuyo
reciclaje es difícil y costoso. Aparentemente nuestro compromiso es
“verde” pero en realidad lo que estamos haciendo es trasladar el problema
de la contaminación a otros lugares, normalmente más pobres y más
vulnerables como las comunidades indígenas o los países africanos. Si
vamos a hacer una apuesta por lo sostenible habrá que mirar detrás de la
etiqueta y actuar con total consecuencia, asumiendo nuestras
contradicciones, pero buscando alternativas que suelen empezar por la
apuesta por lo local y las famosas tres erres: reducir, reutilizar,
reciclar.

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Victor Rodríguez

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