Economía Solidaria y Feminista

Quizás decir Economía Solidaria puede interpretarse como el capital que se suele donar para causas benéficas. Capital por cierto, que en muchas ocasiones se consigue generando o agravando situaciones de pobreza y de miseria, a las que después revierte en forma de pequeña aportación caritativa, cuyo único objetivo es limpiar la imagen y el nombre de la entidad o persona que genera tal espolio. Sin embargo, todo lo contrario a la idea anterior, este término hace referencia a un enfoque de la actividad económica que tiene en cuenta a las personas, el medio ambiente y el desarrollo sostenible y sustentable, como referencia prioritaria, por encima de otros intereses. Hablar por tanto de Economía Solidaria, es hablar de una manera de vivir que abarca integralmente a la persona y que resitúa a la economía en su principal y originaria finalidad: proveer de manera sostenible las bases materiales para el desarrollo personal, social y ambiental del ser humano.

Bien soy consciente al escribir, que añadir en el título la palabra “feminista” es conseguir que más de uno torne los ojos y exhale un suspiro de prepotente resistencia, pero lo cierto y verdad es que la Economía Solidaria es una Economía Feminista porque como alega la socióloga Alicia Rius, en la base comparten muchos de sus valores. Por ejemplo, favorecen un reparto justo y equitativo de ingresos; y favorecen un consumo responsable y poner a las personas en el centro. Además se ha insistido mucho en el análisis que permita la democratización real de sus organizaciones, que pasan por poner el acento en las tareas dirigidas a los cuidados de la vida, a su valoración y a su visibilidad.

Pero para que nadie se me quede con los ojos vueltos, aclararemos que las diferencias que defiende la Economía Feminista con respecto al concepto economía impuesto y que la hace ser tal es que en ésta, no cabe el planteamiento de un crecimiento de “unas a costa de otras”, sino un planteamiento de trabajo cooperativo que resalte el imperativo de “o todas o ninguna”, tratando de llegar a un horizonte común de vida digna.

No se trata por tanto, tan sólo de generar ingresos, sino tratar de “decrecer” las esferas del consumo, para aumentar la soberanía sobre nuestras vidas y decisiones. Por lo cual, el objetivo de esta Economía Feminista, se encuentra tanto en despatriarcalizar nuestras vidas, como en descapitalizar las relaciones y las prácticas.

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Carmen Murillo

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