Educar con calidad

175 días lectivos es el periodo académico del calendario para secundaria que hoy echa a andar en Andalucía. Los chicos y chicas de Infantil y primaria se incorporaron a clase hace cinco días, un tímido anticipo después del rifirafe de hace unos meses entre Consejería y sindicatos. A estos últimos les molestaba especialmente que el adelanto del curso se vendiera como una “mejora del rendimiento escolar”, como si unas cuantas horas más de clase fueran a solucionar el deprimente panorama de la educación andaluza. Y contestaron con toda una batería de medidas pendientes de las que sí depende la calidad de la enseñanza: descenso de la ratio, desdobles de las asignaturas instrumentales, profesores de apoyo para alumnos con necesidades especiales, cubrir las bajas…

Deprimente panorama, decimos: las cifras de fracaso escolar en la comunidad superan el 30%. Reducir el abandono escolar temprano, o lograr un incremento de estudios postobligatorios se antojan objetivos imposibles. Los resultados de las Pruebas de diagnóstico, un “chequeo” que realiza la Consejería a escolares de primaria y secundaria, confirman los bajos niveles de comprensión lectora y matemáticas. Del analfabetismo oculto, el de los chicos que son incapaces de utilizar lo que se supone que saben, no hay datos ciertos.

La Consejera ha dicho que hay que “arremangarse”, el PP proclama estar dispuesto a un gran pacto por la educación… Pero la expectativa es, de nuevo, una falacia: de aquellas medidas reclamadas por los sindicatos ninguna se ha puesto en práctica, más bien al contrario. No tiene relación con la crisis: ya hace años que la Consejería aplica una rigurosa política de ajuste de costes dirigida, sobre todo, a exprimir al máximo los recursos humanos. Las ratios que se aplican para asignar el profesorado a los centros están invariablemente hinchadas: donde la normativa dispone que se “puede incrementar” en un diez por ciento el número de alumnos por aula en caso de matrículas sobrevenidas, en la Consejería leen que se “debe incrementar” desde el principio. Es una batalla hace tiempo perdida por los equipos directivos.

Con todo, lo peor de esa constante y sorda pugna con la administración educativa no es la prevaricación sistemática, ni las medidas publicitarias de cara a la galería para las que sí hay dinero –ordenadores, becas de seis mil euros, el supuesto bilingüísmo-, sino la ausencia de interés por escuchar las necesidades reales de profesores y alumnos. Es triste enfrascarse en conflictos como el del calendario escolar, que terminan por trasladar sutilmente el mensaje de que los profesores no realizan bien su trabajo y hay que meterlos en vereda, mientras se palpa en las aulas la impotencia de no poder atender a los alumnos que necesitan mayor dedicación. Los que se van quedando atrás, los que luego incrementarán las estadísticas del fracaso y del empleo precario, son los que deberían darnos una lección a todos. La educación andaluza tiene, desde luego, mucho que aprender de ellos.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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