El asesinato

Ella nunca sabría quien era su asesino porque ni siquiera era consciente de que lo suyo había sido un asesinato. De hecho, el informe médico habló de “causas naturales” con algún tecnicismo que no somos capaces de reproducir: “mala suerte”, “malditas coincidencias” o “cosas que pasan”, es lo que dirían los menos letrados. Nadie pensó que no se trataba de eso, que era un asesinato en toda regla de esos en los que uno dispara una pistola y otro recibe una bala en un órgano vital que deja inmediatamente de funcionar provocando la muerte.

Es lo que tiene que te asesine un buen asesino, siempre logra que parezca un accidente, siempre borra todas las pistas que puedan conducir al inspector a determinar la verdadera causa de esa defunción. Lo leí en las novelas de Pepe Carvalho.

Más si en vez de actuar en solitario, lo hace acompañado de 205 compañeros de escaño. Entonces nuestro inspector se despista y desiste de intentar averiguar quién es el responsable de la muerte de la señora que nunca supo quien era su asesino porque ni siquiera fue consciente de que lo suyo había sido un asesinato.

Pero nosotros sí sabemos lo que pasó: la bala salió aquel día de julio del botón de los 206 diputados de los dos grupos parlamentarios que votaron que sí a la reforma. Torció la esquina como si la bala de Kennedy se tratara, pero no se asusten porque esta bala tenía esa habilidad, la de doblar las esquinas, hacer giros insospechados hasta llegar a su destino. La bala pasó por la pluma del rey que firmó aquel decreto, por los micrófonos de todos los medios que justificaron las medidas, pasó por las porras de los policías que golpeaban a los que se quejaban por el atronador y {acojonante} ruido que hacían aquel disparo y sus consecuencias y por las manos de todos aquellos que, sumisamente, se encargaron de aplicar “las medidas”.

Todo pareció un accidente, sí. Ese día la asistenta de la ayuda a domicilio no acudió porque la acababan de despedir, y el hijo de la finada llegó al domicilio cuando la mujer llevaba varias horas inconsciente en el suelo. El Centro de Salud no atendía a esa hora y el hijo de la mujer que nunca sabría quien era su asesino tuvo que recorrer 100 kilómetros hasta la capital en su propio coche porque también habían despedido al conductor de ambulancia. Cuando llegó al hospital, bueno, cuando después de varias horas les atendieron, el médico le informó que su madre no se había tomado las medicinas y que ya no podían hacer nada. “Pero mamá”, dijo, “¿cómo hiciste eso?”

Las últimas palabras que se le entendieron a la mujer fueron: “fui a la farmacia pero la tarjeta no funcionaba”. La mujer, conociendo la importancia de los medicamentos, estuvo dispuesta a pagar de su bolsillo la cuenta, pero cuando fue a “{echar mano}” se dio cuenta de que a su pensión le faltaba precisamente el coste de aquellas medicinas.

Todo pareció un accidente. ¿Quién podría sospechar de un grupo de 206 {enchaquetados} que actuaban a sueldo de un enigmático mercader alemán? ¿Quien podría sospechar de una banda que lograba asesinar con un simple movimiento del dedo índice no sólo a esta señora, sino a todos los que ese invierno no pudieron pagar la calefacción y murieron de frío o a los que no pudieron pagar la hipoteca y no encontraron ningún sitio donde alojarse porque casi todos habían sido cerrados por ese decreto u otro que se le parecía, a todos los que murieron a causa de accidentes de tráfico causados por el mal mantenimiento de las carreteras, a los que, desesperados por el fraude de las preferentes, creyeron pegarse un tiro que realmente llegaba desde la Carrera de San Jerónimo…?

Todo pareció un accidente pero la mujer, en el fondo, sabía que lo suyo había sido un asesinato.

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Javier Rodríguez

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