El bien común

La crisis financiera está teniendo consecuencias muy graves en el subconsciente colectivo, que van a tardar en sanar. Entre otras cuestiones: se ha roto esa idea de que las generaciones venideras vivirían mejor, que nuestros hijos tendrían más oportunidades, más calidad de vida, y del mismo modo mejoraría la vida de los hijos de nuestros hijos. Claro, eso nos daba una tranquilidad que hemos perdido, y dotaba a nuestro esfuerzo de un sentido vital: repercutía en el futuro. Ahora, en cambio, las seguridades se han transformado en otras menos sugerentes: la de que nuestro hijos van a vivir bastante peor que nosotros, con menos oportunidades, menos salario, menos servicios públicos, menos calidad de vida en definitiva.

El bien común puede resultar un concepto abstracto, pero sin esa aspiración, sin ese horizonte, las sociedades se hacen agrestes, violentas, incómodas. Al final somos bastante simples: queremos vivir bien, tener una vida amable, poder dar de comer a nuestra prole y disfrutar de una salud aceptable, llevanos bien con los vecinos y dejar el mundo un poco mejor de lo que nos encontramos. Poco más. Eso se ha roto y vamos acumulando, como individuos y como personas, una angustia ante el presente y, sobre todo, ante el futuro. Un angustia, por cierto, que nos deja indefensos, vulnerables, manejables.

En el reparto de culpas todos tendremos algo que callar. Porque aunque es innegable que el sistema alimentó esa “aspiración del bien común”, hasta convertirla en voracidad, y usó para ello sofisticadas herramientas, no es menos cierto que nos dejamos hacer, que justificamos esa voracidad con peregrinas excusas, y que fuimos renunciando a nuestra condición de ciudadanos para ejercer de consumidores a tiempo completo, dilapidando recursos que no nos pertenecían, e hipotecando la sostenibilidad del planeta.

En ese momento estamos: abatidos. Indignados a ratos. Desacostumbrados a luchar por unos derechos y un bienestar que se nos antojaban intocables. Viendo como el suelo que pisamos se hace inestable, que todo está amenazado, expuesto. Es un momento decisivo: las sociedades no soportan mucho tiempo esta incertidumbre, en algún momento un detonante lo precipitará todo.

Para entonces, para cuando todo precipite, necesitamos tener en el imaginario colectivo un sueño inspirador, un horizonte, una idea de sociedad mejor, más humanitaria, más acogedora, más solidaria, más empeñada en la felicidad de todos sus miembros. Y entonces caminaremos hacia allí. Una cosas sí es segura: como no ejerzamos nuestra ciudadanía activa y decididamente, nos construirán un futuro inhóspito. Los mismos que nos están construyendo este presente.

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Gonzalo Revilla

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