El Carro

Los carros de la compra siempre tienen querencia hacia un lado. No se sabe por qué. Y cuando uno lleva un rato empujando, eso se nota. El suyo estaba, además, seriamente deteriorado. Cosas que pasan. Ya estaba casi acabando el recorrido. le faltaban un par de cosas, de esas de última hora. Y para casa. Miró lo que llevaba en el carro: no pasaba de los 10 euros. Le daría para comer, como mucho, un par de días. Pero así estaban las cosas: no siempre podía llenar el carro. A fin de cuentas, pensó, era un afortunado. Le dolía un poco la muñeca derecha, de compensar la querencia del carro. Tal vez parara en algún bar de vuelta a casa. Para darse un homenaje. Y para imaginar tiempos mejores, esos que llegarían algún día, pronto. Metió distraídamente un par de cosas, de dudosa utilidad, en el carro. Y siguió buceando en sus pensamientos. Se le atascó el maldito carro. Lo empujó con fuerza, como había hecho con su propia vida desde siempre, desde que tenía uso de razón. La siguiente parada fue más fructífera: tal vez no fuese tan mal día. Aunque las ruedas acusaron el peso, y chirriaron quejumbrosas. Era la última calle. Después media vuelta y para casa. Estaba cansado: rebuscó con desgana en el siguiente contenedor de la ruta: nada de chatarra, sólo un jersey bastante aprovechable. Eran las dos de la mañana, las calles estaban desiertas. Pasó el camión de la basura. Les devolvió el saludo. Compañeros de trabajo, pensó con ironía. Le dolía la muñeca. Maldita sea. Se fumó un cigarro. Se puso el jersey.

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Gonzalo Revilla

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