El centenario

Han pasado cien años de “buen vivir”. Hoy nos resulta impensable vernos en la situación que sufrieron nuestros abuelos e imaginar las penosas condiciones en las que se tomaron unas decisiones que, sin duda, cambiaron el curso de la historia, igual que a ellos les sería difícil imaginar los derroteros que siguió la historia.

Probablemente nos cueste entender que todo lo que se quebró tenía como base un egoísmo atroz que llevaba a situaciones tan ridículas como la de los científicos cuyas investigaciones sobre la curación de distintas enfermedades no llegaban a beneficiar a los que las sufrían o países productores de cereales cuyos habitantes pasaban hambre porque se usaba el maíz como combustible.

Cambió tanto el paradigma y de una forma tan impredecible que todo mundo asistió a un cambio de civilización sin apenas darse cuenta.
En un lado y otro del mundo se sucedían catástrofes naturales, hambrunas, guerras… Incluso la parte más poderosa del planeta -de un lado los Estados Unidos de América, de otro la vieja Europa y de otro Japón- veían cómo todo parecía derrumbarse.

Tal vez este es el motivo por el que el cambio no fue traumático -o no lo fue para la mayoría, entiendanme-: la situación que vivía el planeta apenas beneficiaba a nadie. Pero no deja de sorprender que no reaccionaran hasta ese momento y que lo hicieran comprendiendo que para resolver los problemas económicos que les acuciaban tenían que resolver los problemas ambientales, las graves desigualdades económicas y, lo más sorprendente, tenían que acabar con la industria más rentable de entonces: la armamentística. También es sorprendente que las primeras constituciones que recogieron eso que ya nos sabemos todos de memoria de que “la gran tarea del Estado es poder crear las condiciones que permitan «Vivir bien» a todos los seres y no solo a los humanos” fueran de países que tenían por aquel entonces “escasa relevancia” en la escena internacional como Ecuador y Bolivia.

Todo tuvo que ver con que los focos de insurgencia de más relevancia -como los del 15M, del que hace tres meses celebrábamos el centenario- hicieran buena la frase de Ghandi: “Los medios son a los fines lo que la semilla al árbol” e impulsaran, mediante métodos pacíficos, asambleas en los barrios en las que se abordaban los problemas reales de estos, alternativas reales al único sistema económico que entonces se consideraba viable -el capitalismo-, lograran desterrar las corruptelas que por entonces se extendían por doquier e impulsaran formas de gobernanza mucho más democráticas.

Sin la convergencia en el Foro Social Mundial poco se habría logrado. Se había entendido que enfrentar una dictadura y unas desigualdades mundializadas sólo se podía lograr globalizando la justicia y la paz.

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Javier Rodríguez

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