El fracaso de los derechos humanos

EL 10 de diciembre de 1948, la ONU adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Esta Declaración empieza afirmando que «todos los seres humanos son iguales en dignidad y derechos». Pero han transcurrido 58 años después de aquel 10 de diciembre. Y es evidente que, a estas alturas, no sólo no se ha conseguido la igualdad deseada, sino que, por el contrario, las desigualdades han aumentado. Por ejemplo, la desigualdad en ingresos económicos, que afecta decisivamente a las desigualdades en derechos y garantías, se viene acrecentando (en los últimos 25 años) de forma alarmante. Según los Informes oficiales de Naciones Unidas, desde 1981 hasta hoy, se ha elevado en un 36 por ciento el número de habitantes que viven en la pobreza. El mayor fracaso lo representa África, done el porcentaje de población que vive con menos de un dolar al día aumentó del 41,6 por ciento en 1981 al 46,9 por ciento en 2001. Si tenemos en cuenta que la población de África va en aumento, esto significa que el número de personas que viven en una pobreza extrema casi se ha duplicado en ese continente, pasando de 164 millones a 316 millones. Y el caso de África no es el único.

Como es lógico, la desigualdad económica produce inevitablemente la desigualdad en derechos. Porque unos ‘derechos’ que no van acompañados de las debidas ‘garantías’, que los hagan realizables en la práctica, en realidad son derechos que no sirven para nada. ¿De qué les sirve a los casi 800 millones de pobres extremos, que hay en el mundo, saber que son iguales a los demás en dignidad y derechos? Si es que los últimos de la tierra saben que tienen los mismos derechos que los más poderosos, saber eso no les sirve a los pobres nada más que para aumentar su desesperación y, en muchos casos, su resentimiento. Nada más que para eso. Sólo las debidas ‘garantías’ pueden reducir «la distancia estructural entre normatividad y efectividad» (L. Ferrajoli).

Por lo tanto, podemos decir con seguridad que, mientras el sistema económico actual siga en vigor, los Derechos Humanos serán papel mojado. Porque su aplicación ya no está al alcance de lo que puede hacer el poder político. Vamos a ser lúcidos. Si los Derechos Humanos han fracasado, ese fracaso no se debe primordialmente a la maldad o a la incompetencia de los políticos. Tal fracaso es la consecuencia inevitable del sistema económico vigente. Por una razón que entiende cualquiera. Como es bien sabido, la economía se ha globalizado. Pero se ha globalizado de tal forma que «la globalización económica ha desplazado a la globalización política» (J. Stiglitz). Es decir, quien realmente manda hoy en el mundo no es la política, sino la economía. De manera que los políticos, que quieran seguir gobernando, no tienen más remedio que plegarse a las exigencias y a los intereses de la economía de Mercado. El drama de gran parte de la humanidad se debe, sobre todo, a que no existen instituciones internacionales fuertes que puedan hacer frente a los desafíos que plantea la globalización económica. De ahí que, por ejemplo, los mercados financieros acumulen más del 60 por ciento del capital que diariamente se mueve en todo el mundo. Una cantidad que sobrepasa con mucho los mil millones de dólares cada 24 horas, es decir, un montón de dinero que, en fajos de billetes de cien dólares, miden más de 200 Kms, 20 veces más que el monte Everest (A. Giddens). El Mercado de capitales impone que todo ese dinero se dedique directamente, no a producir bienes y servicios ni a intercambiar lo que se produce, sino a acumular más y más riqueza en menos y menos personas. Y no tenemos ni leyes ni poderes efectivos de ámbito mundial que puedan remediar semejante irracionalidad.

Y todavía otro ejemplo elocuente. El Nobel de economía ya citado, J. Stiglitz, hace notar que un Gobierno que desee garantizar que los bancos presten una parte de su cartera a zonas desfavorecidas, o que las estructuras contables reflejen con exactitud el verdadero estado de una compañía, puede encontrarse con que no es posible aprobar leyes adecuadas para ello. Porque ese Estado ha suscrito acuerdos comerciales internacionales que pueden impedir que el Gobierno regule las entradas y salidas de dinero, caliente, especulativo, por más que semejante situación pueda conducir a una enorme crisis económica. Así están las cosas, sin que lo sepamos la gran mayoría de los ciudadanos. Y conste que este tipo de anormalidades no depende del color o de las ideas del Gobierno de turno. Es la brutalidad del sistema económico lo que impone que nuestra sociedad y nuestras instituciones funcionen así. Es decir, estamos en manos de los intereses del Mercado. Lo cual es trágico para los países a los que les va peor en este caótico desorden perfectamente ‘organizado’.

¿Solución? No la esperemos de los políticos. Sus posibilidades están más limitadas de lo que seguramente imaginamos, si es que nos referimos a la efectiva implantación de los Derechos Humanos en todo el mundo. La solución tiene que venir de nosotros, de todos nosotros. Porque «nos queda la palabra» y, por tanto, la protesta, la denuncia, y la propuesta de soluciones alternativas parciales que vayan haciendo realidad el clamor creciente de los que estamos convencidos de que «otro mundo es posible». Y no pensemos que esta solución no resuelve nada. El día que todos nos echemos a la calle, no por rencillas políticas partidistas, sino porque hay millones de criaturas que se mueren de hambre, ese día los últimos de la tierra verán la vida con más esperanza.

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Dos Orillas

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