El frigorífico

Estando como estamos en pleno mes de Agosto, a priori hablar del
frigorífico puede resultar hondamente tópico. Pero no se preocupe el
querido lector, que no es mi intención ensalzar las propiedades
enfriadoras de tan respetable electrodoméstico, en tal estival momento,
sino que, me interesan otras de sus múltiples facetas. Para empezar yo
pensaba que los frigoríficos acostumbraban a quedarse quietitos en su
lugar, normalmente en la cocina y que, en prueba de sedentarismo, solían
aparecer todo tipo de objetos debajo si, de cuando en cuando, tocaba
moverlo por tareas de limpieza o mantenimiento. Sí he conocido a otros
miembros de la gama blanca, como las lavadoras, que sentían curiosidad por
el resto de la casa y que alguna vez se han presentado en el salón a la
hora del centrifugado, con su reconocido y sonoro zizageo.

Pero es que últimamente vengo observando, con mezcla de curiosidad e
inquietud, que los frigoríficos han adquirido vida propia y, cual zombies,
se convierten en objetos animados, aunque ya no estén enchufados a red
eléctrica alguna, y salen de sus escondites y terminan en los sitios más
inverosímiles. El otro día vi uno en mitad de lo que queda de la
abandonada Vía Verde del antiguo tren de Ayamonte, el sitio era recóndito
e inoportuno. Pero es que también los he visto en cauces de ríos, eriales
diversos, y zonas desde el mayor al mínimo interés ya sea turístico,
medioambiental, histórico o artístico, en mitad de la Raya Real rociera,
por poner un ejemplo. Ningún sitio se escapa a que algún capullo (con
perdón), decida que allí van a reposar los restos del que un día le
proporcionó tanto bienestar. El problema es que el proceso de
descomposición va a durar muchos años. Y me cuesta entender que, una vez
que has bajado el frigorífico de tu casa, con lo costoso que es, no lo
lleves a un punto limpio, o simplemente lo dejes al lado del contenedor y
llames a la compañía de recogida de residuos.

El encontrarme el otro día el frigorífico en la mita de la Vía Verde me
entristeció sobremanera. No sé si sería por el cansancio del pedaleo,
pero, de pronto se me vinieron a la mente negros pensamientos sobre
incultura, egoísmo, dejadez, abandono, ocasiones perdidas,
infraestructuras perdidas que ya no volverán, proyectos interesantes que
caen en el olvido, ayuntamientos pasotas, ciudadanos condescendientes con
quien hace eso y no se siente cuestionado en su obrar por nadie, etc, etc.
Puede que sea desproporcionado, pero en ese frigorífico volqué, de pronto,
toda la frustración y rabia que venía acumulando mi cuerpo y mente durante
este año fatídico, y que ahora, sería cosa de la relajación vacacional,
estaba expulsando. Al menos puedo contar con el periódico para un desahogo
compartido, pensé.

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Victor Rodríguez

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