El gol de la calle

Que el fútbol consigue lo que muy pocos movimientos, partidos, anuncios o
campañas de concienciación es una verdad incuestionable. Hasta hace bien
poco las mayores manifestaciones de la historia de Sevilla o Vigo habían
sido las de aficionados indignados por la bajada a segunda de sus equipos
por negligencia de sus dirigentes. Aquí vivimos, junto a la manifestación
de la creación de las tres facultades o la de la descontaminación de la
ría, el movimiento de salvación del Recre, como uno de los grandes
acontecimientos reivindicativos en la siempre con fama de apática Huelva.
Rodri enseguida recogió el guante que no quiso Ceada y le aupó a
perpetuidad a la alcaldía, porque rápidamente comprendió que el fútbol
daba muchos votos y representaba a la perfección ese proyecto
inclasificable del “onubensismo”.

Ahora, en la Copa Confederaciones de Brasil se ha invertido la ecuación,
ya que ya no es el pueblo el que aúpa a sus jugadores, sino al contrario.
Sabedores del tirón mediático que el fútbol tiene, las multitudes obligan
a sus estrellas a retratarse en la reivindicación de mejores transportes,
sanidad o educación públicos. De momento han conseguido congelar las
tarifas de transportes y que el Senado apruebe de forma express la ley
contra la corrupción, que curiosamente llevaba dos años arrumbada en un
cajón: 2 a 0.

A mí me parece que los futbolistas están sobredimensionados en su
componente humana, es decir, que aparte de saber tocar bien el balón,
competir y trabajar en equipo, todos los valores que los encumbran son más
ficción que realidad, y por eso, cuando el aficionado acude a ellos
buscando comprensión a sus penurias en ocasiones encuentra solidaridad,
pero otras muchas lo que se encuentra es a una troupe de niños ricos y
caprichosos. En Brasil la mayoría de las estrellas, incluido el emergente
Neymar, se identifica con el pueblo, intentando hacer memoria de cuando
eran niños pobres de favela, aunque ahora ganen lo que ganan, lo hacen más por inteligencia que por convicción, pero lo hacen.

El fútbol al servicio de la sociedad y no para su adocenamiento. Ojalá
cunda el ejemplo y cada evento UEFA, FIFA o LFP con la pelotita (que los
hay casi constantemente) sea el altavoz para lo que casi nunca se quiere
oír, esa parte fea y sucia de las ciudades que los organizadores se afanan
en tapar tras los cartelones de las empresas multinacionales.

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Victor Rodríguez

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