El orgullo de Pérez Cubillas

Una de las pancartas que se leían entre el público que acudió al último Pleno municipal decía “Estoy orgulloso de mi barrio”. La enarbolaba una señora del grupo de vecinos de Pérez Cubillas que, por un instante, tuvieron rostro y presencia ante los regidores onubenses y fueron rescatados del olvido. Los vecinos habían acudido para protestar por el lamentable estado de sus viviendas, que son municipales, y para denunciar los reiterados incumplimientos de promesas anteriores. Tan evidente ha sido el abandono que hasta escucharon al alcalde pedirles perdón. La iniciativa de IU para que el Ayuntamiento intervenga en la barriada fue aprobada por unanimidad.

Pérez Cubillas es uno de los eslabones de ese cinturón de pobreza que estrangula la ciudad, del que hablábamos hace poco en esta misma columna. Quizás el eslabón más invisible de todos: es un barrio pequeño, apenas un centenar de casas, muchas de ellas habitadas por ancianos, inmigrantes y desempleados. Hay pobreza, hay marginalidad, hay delincuencia. Los jóvenes perpetúan el ciclo de la exclusión que una educación alejada de su realidad no consigue romper. La mayoría de estos vecinos no irán ni siquiera a votar. El alcalde sabe que su próximo mandato no depende de este puñado de onubenses, arrinconados en una desmemoria tan desolada como los fosfoyesos que los rodean.

Solo así se explica el rosario de mentiras con que Pérez Cubillas ha sido castigada durante tanto tiempo: desde 2008 llevan los vecinos en el empeño de negociar la rehabilitación urbanística del barrio y la regularización de la propiedad de sus viviendas. En estos años, una y otra vez, se han reunido con los partidos, han solicitado ayuda de las administraciones, han soportado que se tiren la pelota unos a otros, se les ha catalogado como zona con necesidad de transformación social, se ha aprobado hasta por dos veces lo mismo que en el último pleno… Y se han topado siempre con la misma indiferencia y el mismo silencio.

Algo de vergüenza debió sentir el alcalde para reconocer tanto desprecio acumulado. Y mucho de coraje llevaron los vecinos en esas pancartas humildes que reclamaban una solución a sus problemas. Hace falta mucha resistencia para seguir peleando sin rendirse, hace falta mucha dignidad para decir, con la cabeza alta: estoy orgulloso de mi barrio. ¿Cuándo se podrá decir lo mismo de quienes tienen la obligación de luchar por las necesidades de los que allí viven?

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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