El shiringuito (14:28)

La barra del chiringuito es como la tarima del maestro o la peana del director de orquesta. En medio del trajín, sirviendo cañas o reclamando las raciones de sardinas, Tomás, el dueño, se siente como pez en el agua. Este año consiguió el arrendamiento del bar playero, decidió probar suerte, añadir una ocupación más en su ya larga lista de trabajos temporales y oficios de buscavida. Y le gusta. Siente que gobierna ese pequeño mundo transitorio, y que los que recalan cada día pidiendo un trago que les libre del calor y les ofrezca la excusa para la conversación, son habitantes de su particular universo. Ha aprendido a calar a la clientela: la pandilla de chavales que le arma jaleo en las mesas de la esquina, el padre de familia que mira a las niñas en biquini, el ejecutivo aburrido que no conversa con nadie… Allí para todo el mundo y él con todo el mundo habla, desde el cura Manolo, buena gente, hasta la pareja de homosexuales que alardean de serlo. El negocio no va mal, a pesar de que riñe a menudo a la cocinera, tan lenta, y al ecuatoriano que tiene de camarero –a ver, ningún español quería el trabajo, con lo que pagaba, las cosas son así-. Es que no se entera, hay que estar más vivo… Y ahora va y con la bulla que hay me tira la bandeja, ¿no te digo que esta esta gente no espabila?

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Dimas Haba

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