El shiringuito (14:35)

Era la undécima persona que se burlaba de su nombre: Miroslaw. Decían que entonces tenía que ser polaco y él tenía que explicar el largo periplo de su familia. Porque ya nadie recordaba que hace apenas un siglo eran los europeos los que viajaban hacia América. Él había heredado el nombre de su bisabuelo, aquel campesino polaco que llegó a Ecuador en 1912. Aguantaba aquello con resignación, igual que aguantaba estoicamente las broncas del jefe que parecía haber encontrado en él la razón de todo lo que fallaba, igual que aguantaba que con el mísero sueldo sólo pudiera mandar unos euros a su familia, con los que se mantenían todos, y que el resto se fuera en pagar la estrecha casa que compartía con siete compatriotas y en comida, igual que aguantaba el desprecio con el que tantas veces era tratado, igual que aguantó esos once meses que anduvo sin papeles y con las puertas a sus sueños cerrándose una a una. Y no entendía nada, no entendía, especialmente, la forma de vivir de aquellas personas que hablaban un idioma que quería parecerse al suyo. No entendía, especialmente, cómo se le consentía a los adolescentes, como los que acaba de servir, el trato despreciativo que le daban a una persona que ya peinaba canas. Pensaba en todo ello, por eso, tal vez, no vio que el cura había dejado una maleta tras su silla y fue incapaz de evitar el tropiezo y la ruidosa caída de todo lo que llevaba en la bandeja.

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Javier Rodríguez

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