El shiringuito (14:37)

Por fin un poco de paz. Se había adelantado para “ir cogiendo mesa” y había dejado a su mujer gritándole al pequeño para que no se acercara tanto a la playa. Saludó a Tomás -al que su “olfato empresarial” reconoció como jefe desde el primer día de las vacaciones, y del que, sabía, podía encontrar un trato preferente- y se sentó frente a la mesa que éste le indicó. Ansiaba esos momentos de calma. Sobre todo si era acompañado de una copa de vino peleón. Acababa de dejar el periódico encima de la mesa y contemplaba con suficiencia todo lo que le rodeaba: las escandalosas risas de los adolescentes, la pareja de maricas que se besaban, … Tenía cierta sensación de estar por encima de todos ellos, aunque eso no le hiciera demasiado feliz. Había conseguido hacerse cargo del negocio familiar y mantenerlo sin demasiadas dificultades, se había casado con la mujer con la que todos soñaban casarse, tenía una gran casa, se podía permitir esos días de vacaciones en la lujosa costa de Huelva, conducía unos de esos potentes coches familiares. Estar por encima de todos ellos, especialmente del torpe camarero que había caído la bandeja, sin embargo, no le hacía demasiado feliz, porque él había soñado otra cosa en su vida. Sus amigos creían que ese otro sueño de Alfredo era el de competir en la fórmula uno. A veces, se sentía tan hastiado de la vida que llevaba… Pero sus amigos se equivocaban, en esos momentos, en su despacho, con sus cascos puestos y a escondidas, emulaba a Jimi Hendrix.

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Javier Rodríguez

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