Él sí fue tonto

El día que decidió dejar de comprar en el Media Markt fue demasiado tarde.

Fue caminando por el aparcamiento del Centro Comercial y mientras más se alejaba más crecía un cabreo que no había sido capaz de mostrar ante la joven que le había atendido en el Servicio de Atención al Cliente. En aquel momento no podía creer lo que le estaban diciendo. Después de cinco visitas durante el último mes, diez llamadas y una paciencia infinita le decían que aquel teléfono que a los dos días de ser comprado empezó, sin más, a caerse a cachos, lo había roto él. “Mal uso”, le dijeron y él se sintió avergonzado porque ante la verborrea de aquella joven no sabía que contestar y creyó que, de verdad, aquello se había roto a los dos días porque él no lo había sacado bien de la caja o porque lo había puesto a cargar en uno de los viejos enchufes de su casa o por no saber cómo se usaba la agenda de aquel aparato. Si es que su hijo tenía razón: “¡No sé cómo puedes ser tan torpe, papá!”, le decía mientras le explicaba el uso del cacharrejo.

Pero a medida que se alejaba de aquellas puertas, de aquella joven que le miraba sonriente, de aquellos otros clientes que le recriminaban con la mirada el excesivo tiempo que habían tenido que esperar por una reclamación en la que lo veían culpable, de aquel guardia de seguridad que le miraba desafiante, como diciendo: “¿Qué, ahora vas a montar un pollo? ¡Venga, si te atreves!”. Mientras se alejaba de ellos, iba comprendiendo que no, que había sido engañado, que lo habían despachado, que todos los que lo habían atendido en el mostrador o en el teléfono de reclamaciones estaban adiestrados para ello, que su objetivo era zafarse de las quejas de los clientes, evitar cientos de productos defectuosos devueltos al almacén con sus consiguientes gastos.

Entonces fue a la tienda de su barrio, a la de Anselmo, el “proveedor oficial de tecnología de su casa”, como siempre le decía, hasta que abrió, no recuerda bien si esta u otra gran superficie que se le parecía: tan grande, con sus grandes televisores al fondo siempre funcionando… Se había sentido tan fascinado por eso y por esa publicidad con letras tan grandes que olvidó a Anselmo. Iba dispuesto a pedirle perdón y decirle que ya no le fallaría más, que echaba de menos sus consejos, que si alguna vez le falló algo, él siempre le trató bien, arregló relojes, televisores, vídeos… mucho más allá de lo que la garantía exigía y siempre tuvo un trato cercano y paciencia con él, siempre torpe, como diría su hijo, pero nunca Anselmo. Pero cuando llegó a donde hasta entonces había estado la tienda de Anselmo sólo encontró un cartel: “Cerrado por no poder engatusar a mis clientes”. Entonces se dio cuenta de que ya era demasiado tarde, de que él sí fue tonto.

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Javier Rodríguez

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