El silencio de los corderos

Definitivamente hemos perdido la batalla contra el sistema. Estamos adocenados, aborregados, callados, resignados y con la cabeza baja. Definitivamente hemos perdido la batalla de la solidaridad. Nuestros enemigos han ganado la batalla ideológica del egoísmo, de la injusticia, del salvajismo inhumano. Nos han desmotivado, nos han desmovilizado, nos han convertido en seres individualistas, incapaces de ver más allá de su propio ombligo. Guardamos un silencio cómplice desde el miedo al futuro, al no saber en qué va a terminar todos esto. A lo sumo convocamos una jornada de huelga, participamos en manifestaciones, pero como decía un amigo ¿quién teme a un rebaño de ovejas? Somos la coartada que esta mal llamada democracia necesita, mientras nos aprietan y nos van martirizando poco a poco.

Es el silencio de los corderos a los que llevan al matadero y hacia él vamos, siguiendo la manada, siguiendo el rebaño. Por eso se hace necesario cambiar ese silencio que otorga y calla por otro silencio que niegue y transforme; el silencio de la reflexión, el silencio de la crítica, el silencio del pensamiento, el silencio de la formación. Urge que la ciudadanía se organice y piense, se organice y luche desde las propuestas ideológicas y políticas. No basta sólo con acciones puntuales que han dado un resultado efímero, que han solucionado un problema concreto, pero que no han cambiado el estado de las cosas, que no han transformado el sistema. No basta sólo con frenar desahucios, crear bancos de alimentos, evitar desastres ecológicos. Todo eso está muy bien pero necesitamos una revolución, que frene tanta matanza de inocentes, que dé una vuelta de tuerca al orden preestablecido, al pensamiento único, a la dictadura financiera sustentada por la ideología neoliberal. Urge pensar alternativas políticas transformadoras, urge que nosotros y nostras nos convirtamos en un poder fáctico que plante cara a los poderes fácticos constituidos.

No podemos seguir aborregados, cautivos, desarmados y silenciosos. No podemos seguir como Paco el Bajo, el personaje de Los santos inocentes, la maravillosa novela de Delibes, que agachaba la cabeza ante la violencia del señorito fascista. Ya va siendo hora de reventar, de estallar como hizo el Azarías de la misma novela y rebelarse contra ese señorito que está asesinado a la “Milana Bonita” de los derechos sociales, de los derechos humanos.

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Dimas Haba

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