El sordo

Confundimos discapacidad con incapacidad; es lo que nos pasaba con él, al menos, hasta que lo conocimos. Creímos que, porque era sordo, no podía comunicarse y, por no sé qué oscuro mecanismo, sacamos la conclusión de que tampoco podría trabajar, no sabría leer, no podría desenvolverse en la calle con normalidad, … Nos sorprendió con un quiebro literario, leyó nuestros labios y nos respondió con voz firme: “¡eh, qué yo puedo!”. Bastó con eso para congelar nuestras mentes -siempre buscando el refugio de la lástima como recurso para acercarnos a los que consideramos inferiores- y así quedaron hasta que demostró que, efectivamente, podía. Juan es mucho más capaz de lo que puedo llegar a ser yo, no sólo porque maneje no sé cuantos oficios, sino porque ha sido capaz de superar casi todas las trabas que le han puesto la vida y la sociedad: tener una discapacidad y, además, perder a su familia y criarse sólo, tener una discapacidad y, además, ser pobre, tener una discapacidad y, además, soportar la precariedad en el trabajo. De todo eso ha salido, a veces con más soltura, a veces con más dificultades. Ayer Juan decidió marcharse del piso en el que vivía, sin avisar. No se sabe a dónde, si sigue en Huelva o marchó de aquí, pero los que allí lo conocieron esperan, de verdad, que le vaya bien y le piden perdón por si han sido ellos los que no han sabido comunicar el cariño que le tienen.

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Javier Rodríguez

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