El teléfono

Sonó el teléfono y el corazón casi se le sale del pecho. Ni recordaba la última vez que alguien la llamó por teléfono. No tenía ya ni marido, ni amigas, ni parientes vivos, y nunca tuvo hijos. Nadie tenía motivos para llamarla a ella, nadie tenía motivos para sacarla de su soledad. Ya casi ni salía de casa, sólo lo justo para comprar alguna lata de sardinas y algo de pan, un poco de fruta tal vez, y los medicamentos que evitaban que agotara definitivamente su vida. Se estaba consumiendo lentamente, como una vela. Sí, justo eso: como una vela. No entiende como pudo quedarse tan sola: cuando murió su marido se puso de luto, dejó de frecuentar a sus amistades, dejó de ir por la Asociación de vecinos. Ahora todo aquello le parece excesivo, forzado. Pero lo cierto es que, cuando quiso salir del luto no había nadie: a cierta edad hay decisiones que no tienen vuelta atrás. Así que se quedo sola, absoluta y definitivamente sola. El televisor, desde entonces, está permanentemente encendido: su soledad es teleadicta. Y menos mal. El teléfono seguía sonando, así que alargó la mano, tratando de imaginar quién habría al otro lado. Pero entonces calló. Y ella retiró la mano, temblando. Y no demasiado lejos, un par de calles más allá, una mujer metida en años colgaba su teléfono en una habitación triste: llevaba demasiado tiempo sola, se estaba consumiendo, y pensó que podría llamar a su vieja amiga y retomar aquellos paseos y aquellas charlas. Pero su amiga no respondía. Tal vez habría muerto ya. En fin.

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Gonzalo Revilla

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