El tío Manuel

Aprovechando el regreso forzado a las vacaciones en el pueblo -este año no daba para otra cosa, entre que mi mujer se ha quedado en paro y a mi me han recortado la nómina un 25%- he podido tener largas conversaciones con mi tío Manuel. Ustedes, muchos son de pueblo, sabrán valorar lo que se disfruta de esos momentos, al caer la tarde, aprovechando “la fresquita”, con la silla de nea en la puerta de casa. El tío Manuel es muy crítico conmigo y comparte poco el ideario de esta columna, dice que soy un radical, un peligroso comunista, que siempre se lo dijo a mi padre, que me tenía que amarrar corto y cosas por el estilo, pero con cariño. Un cariño difícil de percibir, porque lo cierto es que me da cera de lo lindo y a mi me cuesta rebatirlo, la verdad. Agacho la cabeza y me siento por un momento como el niño que hacía alguna trastada y recibía una reprimenda, una reprimenda igualmente cariñosa porque, en el fondo, sabía que lo que pretendía el que tenía en frente era “lo mejor” para mi.

A mi me gusta provocarle, lo reconozco, sacarle algún exabrupto, que se le hinche la vena… Y para ello, si hace falta, le menciono a Zapatero o a Felipe González, le digo “Zapatero ha sido el mejor presidente que ha habido nunca en España” y él levanta la garrota amenazante y empieza a insultarme. Pero como tiene tanto “arte”, como dicen, para el insulto, yo me empiezo a reír.

Dos días antes de volver le saqué uno de esos temas en los que él me suele cortar con un “déjate de lindezas y de palabrejas raras”, uno de esos temas en los que yo insisto para poder escucharle decir un “te quíes i ya”. Pero esta vez no ocurrió eso, no sé si porque lo cogí bajo de forma.

Le dije: “Soberanía alimentaria”. Lo mismo pensó que le iba a hablar de coñac o de alguna receta de comida y por eso no soltó ninguna de sus habituales barbaridades.
Entonces proseguí y el me dejó, le hablé de los problemas de todo tipo que está generando la agricultura industrial, con sus pesticidas, herbicidas, fertilizantes y desplazamientos de personas para las que no se está preparado.

Le conté que en muchos sitios están haciendo esta propuesta alternativa, la de la soberanía alimentaria, que implica que nos preocupemos, no sólo por el derecho a la alimentación, sino por el derecho a tener un control sobre lo que comemos. Le dije que se trataba de huir de los monocultivos y de procurar que, en la zona o bien cerquita, hubiera de todo lo necesario para alimentarse, respetando los ritmos de la tierra y no sobresaturandola y sobreexplotandola.

Entonces me miró muy fijo y me dijo seria y pausadamente: “Anda, coño, pues vaya novedad, si eso es lo que llevábamos haciendo aquí toda la vida, os creeréis tú y tus amigos que habéis descubierto la pólvora. No, si ya decía yo…”.

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Javier Rodríguez

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