El tono

Sin nombreEstamos soportando elecciones por encima de nuestras posibilidades. Y no es de extrañar que el tono y los modales se vayan crispando. El Debate, con Mayúsculas, el De Toda la Vida, el Cara a Cara, resultó así: crispado y faltón, y los ciudadanos, desde casa asistíamos al espectáculo un poco inquietos, como no queriendo creer que esos señores faltones son los que aspiran a gobernarnos. Y no es monopolio de ellos dos: asomarse a cualquier tertulia provoca, con frecuencia, la misma inquietud. No suele llegar la sangre al río. Es más: después de decirse lindezas a la cara se pueden dar, con el mismo gesto, un buen apretón de manos, como si lo anterior fuera parte del oficio, nada personal, lo que pasa en el campo se queda en el campo.

Pero no pueden convencernos de que eso tenga que ser así, de que la bronca sea consustancial a la lucha política, de que se mienta con impunidad, de que no se asuman las responsabilidades políticas nunca, de que haya que desacreditar siempre el argumento del contrario y defender siempre el argumento propio, sin que jamás haya espacio para el consenso, para el acuerdo. Es, en definitiva, la entronización del partido y sus argumentarios por encima del bien común, por encima de la gestión asumida. Y poco a poco nos han convencido de que eso, y sólo eso, es la política. Y los que ascienden en política son los que responden a ese perfil bronco, faltón, torticero.

La gente está cansada de todo eso. Y buscan en los partidos emergentes, en los nuevos rostros de la política, una renovación en la formas. Porque las formas también son política. Por eso confunden los rostros nuevos, aunque representen opciones distintas. Y por eso distinguen el Debate de los debates, porque unos recuerdan a antes, y otros prometen renovación. Una renovación tan necesaria en este país como lo es el cambio de rumbo en las políticas. Fondo, sí, pero también Forma. Forma, sí, pero sin olvidar el Fondo.

Y mientras la bronca sigue ahí fuera, nadie, excepto honrosas excepciones, ha mostrado sus cartas con lealtad, ha desgranado el programa, ha explicado con afán pedagógico lo que querían para este país. Salvo honrosas excepciones, ya digo. No sabemos lo que saldrá de esta cita (otra) electoral, pero parece que todos coinciden en que se ha roto definitivamente el Viejo formato, y que nada podrá ser igual. Para ese futuro, que se presenta turbulento, harán falta personas nuevas, políticos con capacidad de adaptación, con convicciones solidas pero moldeables, dialogantes. Algunos se han descartado ellos solitos.

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Gonzalo Revilla

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