El Trabajo, la exclusión social y la huelga general

Según dicen los que saben, la sociedad se divide en tres franjas.

Una franja está formada por todas aquellas personas que están incluídas: tienen trabajo, familia, casa, salud o protección de la misma, relaciones sociales,… tienen derechos y la capacidad de ejercerlos.

Una segunda franja es la formada por las personas que están en situación de vulnerabilidad, es decir, que tienen elementos propios de la franja de inclusión, pero que carecen de algunos otros que impiden que formen parte de la franja de inclusión… no disfrutan de plenos derechos o no pueden ejercerlos: enfermos mentales, discapacitados intelectuales, niños y jóvenes, ancianos, desempleados o trabajadores precarios.

La tercera franja es la formada por personas cuyas carencias son tales que carecen de derechos, de la capacidad de ejercelos o de reclamarlos: las personas sin hogar serían el paradigma de la exclusión social.

La ley de la gravedad nos hace ver que subir suele ser más dificultoso que bajar (yo vivo en un cuarto sin ascensor, sé de lo que hablo). Pues lo mismo ocurre con las tres franjas: pasar de la exclusión a la vulnerabilidad es más difícil que hacer el camino inverso; cuesta mucho más pasar de la vulnerabilidad a la inclusión que de la inclusión a la vulnerabilidad.

Que nadie se lleve a engaño: una enfermedad, una ruptura familiar, la pérdida del empleo,… son las cosas que hacen que una persona baje de franja. Y son cosas que nos pueden pasar a todos.

Claro está que hay factores de protección. Tener un empleo estable te protege de la exclusión más que uno precario; no consumir ningún tipo de droga es mejor que consumirlas; contar con una buena formación mejor que carecer de ella… Unos factores están en nuestras manos y otros no, como son las políticas sociales y la legislación laboral.

Porque lo cierto es que el trabajo, en mi opinión, es el paradigma del factor de protección. Un trabajo estable, con derechos, de calidad y decente (como dicen las Naciones Unidas por medio de la Organización Internacional del Trabajo) permite el acceso a las prestaciones de la seguridad social, a las pensiones, a los seguros de enfermedad y desempleo, a la carrera profesional, a la vivienda, ayuda a formar una familia, a participar en la vida social y cultural, protege de los devastadores efectos psicológicos del desempleo y la precariedad… Coloca a la persona en la franja de inclusión.

Un trabajo con derechos, de calidad, decente. Un trabajo sin derechos, de escasa calidad, como el que se da en Estados Unidos, no garantiza la inclusión social. Allí se da un fenónemo social que, hasta ahora, no se daba en Europa: el de los trabajadores pobres. Personas que trabajaban, pero cuyos sueldos no les permitia eludir la pobreza, escapar de la precarización vital. Personas condenadas al pluriempleo o a contar con ayudas sociales.

Ese fenómeno, el de los working poor, ya está presente en el mercado de trabajo español, y seguirá creciendo.

A entrado de la mano de las sucesivas reformas laborales que han ido deteriorando las condiciones laborales y vitales de los trabajadores. A las que se suman el empeoramiento de las condiciones sociales provocado por la crisis. Crisis causada en los mercados finacieros, no por la legislación laboral, y de la que se pretende salir con una nueva reforma laboral.

Reforma laboral que solo es un jalón en el camino. Anunciada está la revisión del sistema de pensiones y la de la prestación por desempleo.

Todo ello aumentará la brecha entre el grupo de las personas incluidas (que cada vez serán menos) y el resto de la población.

Por todo ello, creo que hay motivos más que suficientes para una huelga general.

Aunque solo sea por el panorama que le estamos dejando a nuestros hijos.

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Dos Orillas

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