El último almuerzo

Esta vez Jesús llegó andando. Nada de borricos, que eran especie protegida. Llamó a Pedro por el móvil: se alegró de escucharlo, tan bruto como siempre. Se había pasado a la construcción, después de esquilmar todos los caladeros del mundo mundial. En la construcción le iba bien, ya se sabe. Jesús le pidió que juntara a los amigos: quería hablar con ellos otra vez, para saber cómo iban los asuntillos que les dejó entre manos. ¿Estás seguro de que quieres saber eso?, le preguntó Pedro con un soniquete burlón. La convocatoria fue difícil: muchos querían aprovechar las vacaciones para salir fuera, a la playa, al campo. Pero cedieron ante la insistencia de Pedro. Quedaron para almorzar: la Última Cena era una marca registrada, y la SGAE se metía en pleitos por mucho menos. El menú: ligerito, todo muy bio, muy transgénico, muy bífidus. A Jesús le costó hacerse oír: los móviles no paraban de sonar, y sus ya canosos y regordetes amigos se refugiaban en los rincones a conversar. Además, en la calle, sonaban marchas de cornetas y tambores a todo trapo. Por fin encendió el ordenador y les puso un pogüerpoin. Un momento histórico, sin duda. Todos hicieron la obligada foto con el móvil Asentían, algo escépticos. Jesús seguía teniendo labia, sin duda. Pero los tiempos había cambiado mucho. Trataron de hacerlo entrar en razón. Inútil intento. Pagaron a escote, y pidieron factura para desgravarlo como comida de empresa. A este tío se lo cargan otra vez, iban comentando mientras salían. Es que no escarmienta.

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Gonzalo Revilla

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