El valor de un sello.

España iba bien, decían; y la prueba de ello era que el dinero se movía de
lo lindo, que la vivienda cambiaba de manos y triplicaba su valor, que no
quedaban metros por edificar en toda la costa mediterránea, y que ya
tenían puesto el ojo en nuestras playas. Nuestra clase media se contagió y
quiso participar de esta época de bonanza. En parte por eso, y sobre todo
por la miseria de intereses que dan las entidades bancarias (las mismas
que nos fríen a comisiones), más de uno se adentró en otro tipo de
negocios con una apariencia tan legal que se materializaba en patrocinios
de equipos de baloncesto, espacios de radio o en anuncios en diarios de
ámbito nacional .

Pues fulanito tenía 3000 euros y menganita cuatro millones de las antiguas
pesetas; así nos hemos ido enterando de un buen número de onubenses que
han hecho sus pinitos como inversores en bienes tangibles (esos que
teoricamente se pueden tocar, como los sellos, pero que nadie toca). Cada
caso es distinto pero muchos se han jugado los ahorros de toda una vida,
la herencia de una madre o la indenización por un accidente grave. Ahora
son estos casos, pero la publicidad de negocios que ofrecen beneficios
fáciles nos rodea, y se exhibe ante nuestros organismos públicos de
control. ¿Tendremos que esperar a que estalle el siguiente escándalo?.

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Dos Orillas

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