Ellas simplemente juegan

Ellas juegan en una habitación contigua a la mía. Saben que estoy aquí pero les da igual, directamente me ignoran.

Lo han preparado todo, no les falta ni un detalle: la mesita con sus sillitas pequeñas, sus platitos, sus cubiertos. Las dos se han puesto zapatos de tacones y se han enfundado sendos bolsos cada cual más feo. Pero ellas encantadas, como si fuesen de la última colección de alguna marca extravagante. Se han pintado y echado brillantina en los labios. Todo está preparado.

Empiezan a charlar entre ellas y por lo que puedo interpretar una hace de madre y la otra de hija.

Están jugando a las casitas, el típico juego de rol, al que todos hemos jugado y por el cual aprendemos a sociabilizarnos y a comportarnos dentro de los cánones ya establecidos. Cada cual dentro del rol que poco a poco se va tejiendo en torno a su persona.

Pero sigo escuchando la conversación y de pronto me doy cuenta de que hay algo que no me resulta familiar pero sí insultantemente actual.

Por lo visto discuten porque la madre se ha echado un nuevo novio que quiere que su hija reconozca como padre. La hija se niega rotundamente a aceptar, y cito literalmente, a “ese hombre” como padre. La que hace de madre insiste varias veces pero al ver que la hija no da el brazo a torcer pasa a la amenaza:

– O aceptas que es tu padre o te abandono.

Se ve que la que hace de hija no ha escuchado el “te” porque pregunta – ¿abandonas qué?
-A ti en la calle- Responde la supuesta madre.

Con lo que la niña termina accediendo a aceptar al “susodicho” como su padre.

Siguen jugando: la madre maltrata a la niña, la niña suele meterse en bronca en la calle, el novio abandona a la madre por otra, pero un día la llama y le pide perdón y la madre dice que cree que va a perdonarlo, pero él aparece un día por casa, la maltrata y le roba dinero. Poco después la madre recibe una llamada diciéndole que su novio está en la cárcel, ella va a verlo y le perdona.

… ellas siguen jugando.

Y yo sigo aquí sentada sin hacer nada concreto, y debatiéndome entre las lágrimas y la risa. No obstante no deja de ser el inofensivo juego de las casitas. Y ellas están felices porque ni se les ocurre pararse a pensar en todo lo que conlleva eso que escenifican. Están realizándose en su propio mundo. Se sienten mayores, importantes, ¡únicas!

Son hijas o víctimas de un tiempo, un ambiente y unos recuerdos, y la pena es que con tan solo 8 años, en sus juegos una pueda llegar a ver reflejado su pasado en su futuro. Porque este sistema, el que las ampara, no está lo suficientemente bien cimentado ni estructurado como para darles realmente esa segunda oportunidad que se propusieron al extraerlas de sus casas y llevarlas a un centro.

Y no puedo evitar preguntarme, ¿de quién es la culpa?, ¿dónde radica el fallo?, pues si tan pequeñas han sido extraídas de sus ambientes ¿por qué sigue pesando su pasado sobre ellas como una losa?

Quizás es que para darles de verdad una segunda oportunidad habría que cambiar al sistema que las ampara para que se pongan sus vidas por delante de los informes y de los tiempos de espera, de las estadísticas y probabilidades, de la ley y sus artículos. Que se les asista con una atención verdadera y no tramposa y fallida. Que se apueste por ellas y por todos ellos con plena consciencia de apuesta por el futuro, la justicia y el derecho a la vida.

Pero mientras esto llega, ellas continúan jugando.

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Carmen Murillo

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