Elogio de la lentitud

Yo cursé una asignatura, métodos de programación matemática, que tenía por objetivo que los alumnos aprendiéramos a modelizar situaciones reales y, partiendo del modelo, optimizar soluciones. Ejemplo: organizar una flota de reparto de correo, de manera que en el menor tiempo posible, con el menor coste de combustible, con el menor número de camiones, se hiciera el reparto de correo en una ciudad con unas características determinadas. La asignatura era como Rusia: inmensa, fría, interminable, 1200 páginas de libro de texto, algoritmo tras algoritmo, modelo tras modelo, sin la más mínima concesión a la poesía, a la belleza, a las irregularidades de la vida. Saqué un 7 en el primer parcial y un 5 en el segundo. Tras esta experiencia, casi me di a la bebida.

El menor tiempo posible, el menor coste posible.

Por entonces conocí a un estudiante de Química al que le habían dado una beca porque, en un momento de lucidez, durante unas prácticas, se había sacado de la manga de la bata una forma de acelerar una reacción química. En esa reacción se sintetizaba no sé que sustancia de interés comercial. En resumen, que el chico había logrado producir la sustancia más rápido y, en consecuencia, con menor coste.

El menor tiempo posible, el menor coste posible.

Hace unas semana fui a Alicante, a ver a mi hermano. Dos horas y media. Casi no me dio tiempo a ojear el periódico, ni a sentir la necesidad de tomarme un café, ir al baño o el deseo de asesinar a mi compañero de viaje, personaje tirando a molesto. Cuando ya sentía el impulso homicida, cuando decidí que su tono de su voz, el contenido de sus innumerables llamadas de teléfono, le hacían merecedor de una muerte lenta y dolorosa, el tren entró en la estación de Alicante.

El menor tiempo posible, aunque no sé si al menor coste posible.

Yo diría que la velocidad goza de prestigio en nuestra sociedad. Incluso diría que se ha producido un cambio antropológico, y hemos pasado del homo sapiens al homo raudens. Ni el pan se salva de la optimización, de la velocidad, de la prisa: en lugar de hacerse con una fermentación tradicional, se utilizan las levaduras de la fermentación alcohólica, mucho más rápida.

Y sin embargo, las sorpresas y el disfrute perdurable, lo valioso y lo sólido, lo duradero, lo hermoso, proceden de lo lento.

Hace un año sembramos en el huerto de la parroquia unos bulbos de azafrán. Hace dos días, al ir a regar me encontré con tres hermosas flores moradas, con unos inconfundibles hilos rojos, de un rojo intenso. Un año ha tardado la Naturaleza en transformar agua, minerales, aire y unos bulbos esmirriados y feos, en unas flores hermosas.

No tardó un año, pero si un cuarto de hora. En una cervecería alemana estábamos Alicia y yo, y nos pedimos una cerveza. Si una caña tardan unos milisegundos en servirla, el proceso que siguió el camarero para servirnos aquella cerveza rozaba lo artesanal. Del grifo salió la cerveza, que se vertió en las copas. Copas que el camarero dejó reposar sus buenos cinco minutos, para, a continuación añadirle espuma, volver a dejarla reposar y repetir el proceso dos veces. Me recordó a un mago argentino, manco, René Lavand, que repetía una y otra vez el mismo truco de cartas, diciendo, entre repetición y repetición, “no sé puede hacer más lento”:

Azafrán, cerveza, lentitud, proceso,… quizás por eso Jesús fue siempre a pie, salvo cuando precisó subirse a una barca.

Lento pero viene, Benedetti:

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Dos Orillas

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