En la Cabecera

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En la mayoría de los consistorios onubenses la imagen de Felipe VI aún no preside sus salones de pleno; aún espera tranquilamente su padre a que la próxima remesa de fotos de su hijo le jubile definitivamente. Más rápidamente se arregló lo de su aforamiento. Al igual que el rey jubilado, otras 17.620 personas gozan en España del privilegio de ser juzgado por un tribunal diferente al del resto de españolitos, y supongo que también asisten con preocupación a la pública especulación sobre a cuántos debe beneficiar la prerrogativa. El ministro Gallardón dice que 22 + 4 sería un buen número, mortales más reales. Supongo que habrá hecho cuentas y no será un número cabalístico; también recalca que esto es para lo de la regeneración. Poco a poco se va encalando la vieja pared de la corrupción para esconder las grietas, pero como saben los viejos del lugar, en las paredes de tierra, las grietas siempre aparecen de nuevo.Por desgracia, el debate público para que la actividad política vuelva a gozar de prestigio es pueril y confuso. Por un lado se entremezcla con la reforma de la Constitución para asuntos mayores, dígase repensar la estructura de la nación o el derecho a decidir, y por otro carece de la profundidad necesaria para sanear una actividad cardinal en nuestras democracias. La acción política individual, partidista, oficial, social o de cualquier tipo exige una profunda reflexión, una limpieza integral y una regularización adecuada para incorporar nuevos ciudadanos y expulsar sanguijuelas. Hay tanto de lo que hablar: las agrupaciones políticas no pueden vivir sin democracia interna ni una reflexión constante, han de abrirse de par en par y generar pensamiento alejado de intereses parciales; el apoltronamiento no puede ser la tendencia de la mayoría de nuestros representantes políticos, la madurez es un valor añadido que se ofrece a voluntad sin ser un salvoconducto para la callada permanencia; el respeto por lo público, lo de todos, es una condición sine qua non para poder servir a la ciudadanía, cualquier duda al respecto debe ser depurada inmediatamente o señalar la puerta de la calle; redescubrir la esencia del servicio, la solidaridad y el deseo de justicia como principal motor, debería ser el primer paso para empezar a (re)generar cultura política en este país.Quizá en la cabecera, mejor que la foto del nuevo rey, o junto a ella, debería haber un gran cartel donde cada corporación recogiera a modo de manifestación pública los principios de cómo quieren servir a sus ciudadanos.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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