Endeudados

En cierta ocasión le reprocharon a Hillary Clinton porqué Estados Unidos
no le exigía más democracia y más derechos humanos a China, a lo que ella
respondió que es complicado hacerle exigencias a quien es tu banquero, en
referencia a que el gigante asiático es, en este momento, el principal
acreedor de las deudas soberanas de gran parte de los países occidentales,
empezando por Norteamérica.

Ahora que la morosidad deja a las familias sin vivienda y asfixia la
economía de muchísimos ciudadanos y empresas, empezamos a darnos cuenta
que la libertad es algo más que el eslogan de una compañía de telefonía
móvil, como aquella campaña con música de Nino Bravo incluida de hace
años, y que la riqueza no es un concepto que te haga más fuerte, más
independiente ni, por supuesto, más libre, más bien al contrario. Se nos
ha vendido hasta la saciedad, en estos últimos años, que para ser alguien
había que acumular cosas y que ya las iríamos pagando en cómodos plazos,
sin importar el interés, por supuesto.

El otro día me quedé estupefacto cuando escuché en una emisora de radio la
opción de contratar un crédito para poder pagar las cenas y los regalos de
Navidad (sic), eso sí, lo que no decía el anuncio es que el TAE era del
24,51%, es decir, que de cada 100 euros se debian pagar casi 25 de
intereses. Lo que me cuesta entender es porqué este tipo de anuncios de
créditos abusivos copan las parrillas de la televisión por la mañana y que
también den el salto a medios generalistas, que no exista regulación que
obligue a explicarle a la gente que lo que está haciendo le va a debilitar
más, porque a este tipo de préstamos acuden gente sin avales o patrimonio.

Pero claro, una sociedad tan endeudada como lo está la española en la
actualidad es una sociedad que, como decía Hillary Clinton, no puede ser
libre en sentido estricto, es cautiva de su acreedor. No puede permitirse
rebeldías, huelgas o boicots, porque sabe que, más pronto que tarde,
recibirá la llamada machacona que le exige, sin compasión, el abono de la
letra ya vencida, y si se van acumulando recargos e intereses, al final la
persona no saldrá nunca de la espiral que le empobrece cada vez más.

Por el contrario, si tu economía doméstica se mueve en parámetros
sencillos y no caes en la trampa de la acumulación mediante crédito,
podrás tomar decisiones que, al final, son las que más feliz te pueden
hacer, como reducir tu jornada para cuidar de tus hijos, poder permitirte
una excedencia y dedicar un año de tu vida a estudiar o a irte de
cooperante a un proyecto solidario. Pensar que no eres dueño de tus
decisiones hasta que pagues la última letra de una hipoteca a cuarenta
años es lo más parecido a una esclavitud inducida, y creo que nos
merecemos más como seres humanos.

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Victor Rodríguez

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