Es tarde, pero es madrugada.

Un tipo habla a un pequeño grupo, en una parroquia pequeña de un barrio pequeño de una ciudad pequeña. Dice cosas normales y corrientes: habla de la crisis, de los trabajadores, de los grandes chanchullos orquestados a nivel mundial, de las víctimas. Dice cosas que cabrean, como que la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la agricultura y la alimentación) lleva años pidiendo 30 y poco mil millones de dólares anuales para paliar el hambre del mundo, y el dinero nunca llegaba. Y ahora los bancos han extendido la mano, y enseguida han aparecido 700.000 millones, así para empezar. El tipo sigue hablando de ese tipo de cosas: de como los que defendían antes la privatización de todo lo privatizable (y rentable) piden ahora la intervención del Estado, de la burbuja inmobiliaria, de la especulación como leit motiv de la economía, del petróleo… La gente que lo escucha asiente, es un público ganado de antemano. Porque ellos, como la inmensa mayoría del planeta, saben que hay demasiadas mentiras sobre la mesa, y que un puñado de señores han hipotecado el futuro de la raza humana, y han dilapidado el presente con premeditación y alevosía, con torticera intención. Por eso la gente asiente: saben que es más verdad eso que dice el señor que habla, que todas las patrañas que inventan los mercaderes y sus sicarios ideológicos.

Sin embargo… sin embargo el mundo está al revés: la mentira ocupa los titulares. Pese a que todos vemos que el sistema económico es una máquina trituradora de personas y de recursos naturales, pese a que cualquier bobo sabe que el crecimiento ilimitado es una ilusión, pese a la evidencia de las contradicciones de los que, se supone, gobiernan nuestro destino, pese a todo eso… la mentira es la que manda.

“Hay que refundar la humanidad”, dice el tipo que habla. Y empieza a enumerar posibles formas de hacer otro mundo mejor: consumo responsable, comercio justo, respeto ambiental, reparto del trabajo, poner la economía al servicio del ser humano… Todo suena razonable, pero claro: estamos en una parroquia de barrio, un grupo pequeño de gente normalita. Por eso esas cosas las comprendemos: con la sutil conciencia de que son sólo sueños de consumo propio, nada que pueda alterar el orden de las cosas, el dulce rodar de esta economía-ideología autofágica.

¿O tal vez no? Una señora llega tarde: se sienta a mi lado y me saluda. La conozco: un día nos habló de la poesía de Ernesto Cardenal, de un lago mágico, del mundo visto desde arriba, de lo relativa que es la pequeñez o la grandeza. ¿Cómo se verán nuestros sueños desde arriba? Tal vez desde lo alto se aprecien mejor los pequeños grupos de gente que hablan de grandes verdades, y tal vez vistos desde muy lejos, desde una lejana galaxia, esos pequeños grupos formen una gran red de verdades, de obviedades, de sabiduría; y los tramposos y los mentirosos y los mangantes y los banqueros sólo sean una pequeña manchita, apenas visible ni audible.

Me he perdido en mis pensamientos. El tipo sigue hablando de la solidaridad como alternativa. Esas palabras… suenan raro: el sistema ha aprendido a convivir con ellas, las ha domesticado, las ha reinterpretado, manoseado. Cuesta que sirvan para hablar de lo que está al otro lado, de lo que podría ser, de los “inéditos viables” que decía Freire. Pero la esperanza no puede ser sólo el discurso bienpensante de un puñado de personas en mil barrios distintos. Ha de ser posible, ha de ser tangible, ha de tener olor y sabor, densidad.

Pensar que las cosas que dice ese tipo a su reducido auditorio son sólo discurso es parte del juego: nos ha dicho que debe ser así, la reglas permiten transgresiones epidérmicas, nada más, y libertad de expresión, y pluralidad y toda esa mierda para que todo siga igual, para que los de siempre sigan siendo los de siempre, para siempre. Por eso: incluso más importante que los pensamientos sobre otro mundo posible, están los convencimientos. Hay que estar decididamente convencidos de que las cosas deben ser de otra manera, de que este sistema nos conduce al caos, a la autodestrucción, y de que no hay ni una sola razón por la que debamos permanecer sentados y sumisos.

El sistema está en crisis: sustituyamoslo. Cualquier cosa que improvisemos será mejor que lo que hay, con millones de hambrientos, un injusto reparto de la riqueza, una degenerada destrucción del medio ambiente, guerras por todas partes… Cualquier cosa que improvisemos será mejor. Hay que retornar a algunos lugares, a paisajes que dejamos atrás, a valores olvidados en la cuneta durante esta carrera suicida. Todos esos pequeños grupos que se reunen en barrios pequeños de ciudades pequeñas están unidos por un fino hilo: el de la “esperanza histórica activa”. El tipo sigue hablando. Yo me marcho. Me llevo algunas de sus palabras. Le doy vueltas, escribo esto, ¿qué más?. No podemos parar, y como decía Casaldáliga: “Es tarde/pero es nuestra hora./Es tarde/pero es todo el tiempo/que tenemos a mano/para hacer futuro./Es tarde/pero somos nosotros/esta hora tardía./Es tarde/pero es madrugada/si insistimos un poco.”

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Gonzalo Revilla

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