Estebita

Él sabe que le robaron la infancia. Sabe que nunca fue niño. Ahora cuida a su madre, ya anciana, nada que ver con aquella vigorosa mujer que intercalaba su papel de buena madre con el de alcohólica irredenta. Le toco a él, y basta. No es el único, eso lo ha comprobado en los largos períodos que pasó bajo la tutela de la administración, en centros llenos de niños con peor suerte que la suya. Consiguió estudiar algo, sacó a duras penas un título de mecánica. Y ahora trabaja, a rachas, sacando lo justo para ir tirando. Su madre se muere. O mejor dicho: su madre se le viene muriendo desde hace años. Él la quiere tanto como le permite su rencor. Porque a veces el odio se le escapa, y llora recordando el niño que pudo ser, los partidos de fútbol que nunca jugó en la calle, la pandilla de la que nunca formó parte. Se hizo adulto a golpes, viendo a su madre caer una y otra vez, viéndola llorar, angustiada, prometiendo entre risas histéricas que dejaría de beber. Estebita sabe que la niñez no es poca cosa, por eso le irrita ver a los niños despreciarla, aburridos, hartos de todo. Estebita sabe que uno no es nadie sin su niñez, es como tratar de poner en pie una mesa sin patas. Estebita no quiere tener hijos. Estebita ni siquiera quiere que le llamen Esteban, porque su nombre es lo único infantil que le queda. Así que cuida a su madre, odiándola a ratos, huye de las mujeres, observa a los niños con envidia y deja la vida pasar. Es verano, y hace muchos veranos él debería haber estado jugando a las chapas en alguna playa. Y montando en bici. Y nadando contra las olas.

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Gonzalo Revilla

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