Felicidad Interior Bruta

Hablar de felicidad en los tiempos que corren, aunque hoy sea el día grande de las Colombinas, puede ser irrelevante y hasta irresponsable. ¿Se puede ser feliz en plena crisis? No me refiero a los retalitos de felicidad de cada uno, esos fugaces momentos de bienestar en los que el mundo parece sosegarse alrededor. Afortunadamente, ese estado de ánimo no depende de la prima de riesgo, ni de la transparencia democrática, ni del ataque sistemático a los servicios públicos. Pero hay quien se atreve a proponer, desde una visión más global, que la felicidad puede objetivarse, cuantificarse y hasta lograrse.

Hace pocas semanas uno de mis compañeros en esta misma sección hablaba de aquel rey de Bután que había decidido que era más importante el FIB (Felicidad interior bruta) que el dichoso PIB, que tan de cabeza nos trae. La historia, que no necesita ni ser cierta, simboliza la utopía de todo gobernante, ayudar a que la gente sea feliz y no sólo atender a sus necesidades materiales. Atraída por la belleza de la anécdota me puse a buscar referencias en Internet, y he quedado sorprendida, abrumada, no sólo por la cantidad sino por la solidez y contundencia de los datos. Hay hasta premios Nobel de Economía metidos en el ajo y aportando indicadores con los que medir la felicidad colectiva.

Así que este concepto de “país feliz” no es en absoluto marginal, sino algo tan trascendente que la ONU lo ha introducido como fórmula para medir el desarrollo de los pueblos. Los butaneses, inventores del término, plantean un nuevo paradigma basado en una economía sostenible y equitativa, la conservación de la naturaleza y la protección de las raíces culturales, del sentimiento de comunidad solidaria. Los hechos parecen darles la razón: en los últimos diez años Bután ha pasado de ser un país empobrecido a uno de mediano desarrollo, que puede ya certificar la consecución de todos los Objetivos del Milenio. Mientras, anclados en un modelo diseñado sobre la acumulación de bienes, por aquí asistimos a la fase de desvanecimiento del espejismo: aquello que parecía darnos seguridad (el trabajo, la vivienda, los ahorros…) se esfuma ante nuestros ojos, desaparece. Y eso sin pensar en el cambio climático y en las reservas naturales que nos hemos llevado por delante.

Ahora que muchos replanteamos la contabilidad de nuestras maltrechas economías familiares, urge también revisar la contabilidad de los grandes parámetros, esa vara de medir que se rige únicamente por la producción y el consumo (o por lo contrario). Y no vale pensar que son cuentecitos orientales, que eso suena ya a excusa manida. Lo que sí cobra más sentido es la máxima aquella de que estamos obligados a ser felices: no es un deber individual, sino colectivo.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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