Felicidad

“El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de
toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que
la componen.” Este artículo no se corresponde con los principios del nuevo
partido de Gaspar llamazares; Izquierda Abierta, ni siquiera con el
decálogo del Frente Cívico, que Julio Anguita ha presentado esta semana.
No es ninguna soflama independentista, ni alternativa, ni
contrarrevolucionaria. En realidad el texto corresponde al artículo 13 de
la Constitución de Cádiz, esa que tanto se viene celebrando y reconociendo
en este año, al cumplir 200 años. Sí, en esa primera Constitución española
se decía algo tan claro como que el fin del Estado es darles felicidad a
sus ciudadanos, no hay más interpretación.

Hoy este artículo constitucional debería sonar más fuerte que nunca,
porque por encima de los recortes y la economía y los rescates, el
verdadero fin de la humanidad es ser feliz. Ser feliz es mucho más que una
cuestión de dinero, de oportunidades o de bienes, es un estado, un
sentimiento, una certeza, que no tiene más medida que la que cada persona
establece, aunque existen acuerdos internacionales que han ayudado a
“orientar” por donde debe ir la búsqueda de la felicidad, como la
Declaración Universal de los Derechos Humanos, por ejemplo. Y es que es
difícil que haya felicidad donde no hay vivienda, ni trabajo, ni salud, ni
educación, ni ocio, ni relaciones sociales, ni disfrute de la naturaleza,
ni arte o cultura. Y si se fija el querido lector, todos esos elementos de
felicidad se encuentran cercenados en la actualidad.

La consecuencia es mucho más grave que la ausencia de liquidez financiera,
y es que si un Estado no trabaja por la felicidad de sus ciudadanos, la
depresión, la falta de expectativas, la necesidad, la agonía se apoderan
del espíritu colectivo, y sucumbimos al bombardeo mediático de malas
noticias, muchas de ellas inentendibles para la mayoría, y difícilmente
digeribles para quien se siente en una situación personal límite. Y es que
a nadie le interesa airear que el suicidio se ha convertido en la primera
causa de muerte no natural en España, por encima de los accidentes de
tráfico. Es un tabú que avergüenza, que se silencia, porque detrás de
muchos suicidios hay ruina de pequeñas empresas familiares, desahucios o
paro. Eso nos debería escandalizar más que los rescates a los bancos o la
corrupción política. La exigencia al Estado de las condiciones de vida que
generen felicidad a la población debería ser nuestra primera pancarta en
esta manifestación permanente en la que se ha convertido España, ¿se
imaginan? Todos gritando en la calles ¡felicidad, felicidad! Eso sí que
sonaría revolucionario y trasgresor, aunque ya se pidiera en 1812.

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Victor Rodríguez

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