¿Fin de la progresión?

Desde que el 10 de Diciembre de 1948 la humanidad acordara la Declaración Universal de Derechos Humanos muchos Estados han respetado, en mayor o menor grado, unos estándares mínimos en su trato con las personas que viven bajo su jurisdicción, y han ido adaptando sus formas y normativas al consenso universal. La progresión en la construcción de derechos ha sido desigual, pero en general estable, y España ha sido un buen ejemplo de esa edificación en contraste con la vulneración sistemática y en masa en muchos otros lugares del planeta. Pero ese avance se frenó de golpe en nuestro país en 2008, y aún no hemos sido capaces de seguir construyendo derechos, más bien asistimos a su demolición controlada. La regresión en el ámbito de los derechos sociales es clamorosa, y siempre con el pretexto de la actual crisis: salud, educación y derechos laborales, el drama de los desahucios o el recorte continuado en los derechos de los colectivos más desfavorecidos (personas con discapacidad o pensionistas). Pero quizás la peor noticia es el asedio continuo a los derechos civiles básicos, que pensábamos intocables en nuestra corta democracia, como el derecho a manifestarse o a expresarnos públicamente, y el trato discriminatorio hacia las personas según su apariencia étnica o procedencia.

Si miramos globalmente el primer gran asalto perdido fue la respuesta imperialista y “en aras de la seguridad” tras los atentados de 2001 en EE.UU, aunque sólo fue el preámbulo de lo que se avecinaba. En nuestro caso, sólo ha hecho falta sumar una crisis económica para que se ponga todo en cuestión, y deja a las claras nuestra bisoñez como sociedad; los Derechos Humanos son de realización progresiva, y su consecución marca claramente la madurez de una sociedad.

La Declaración de los Derechos Humanos situó al ser humano en el lugar que se merecía, y además legó a cualquier representante político un certero mapa desde el que gobernar. Si lo ponemos en cuestión, si desandamos el camino, estaremos arriesgando nuestra propia pervivencia como sociedad. Volvemos a encontrarnos por desgracia ante la necesidad de recuperar el espíritu de los grandes luchadores por los derechos civiles, como el del recién desaparecido Mandela, para ejercer una ciudadanía activa capaz de provocar políticas de rescate humano, alejadas de los intereses del capital. 65 años después, exigir que se cumplan los Derechos Humanos está más vigente que nunca.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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