Flores para el florista

Es una imagen extraña. El lugar que ocupaba Pedro está lleno de flores. Era un indigente, lo golpearon y lo mataron hace unos días. Y hay gente que lo echa de menos. Es extraño. La pobreza tiene estas paradojas: terminamos echando de menos al que nunca debería haber estado allí, al que denunciaba, con su presencia, la injusticia de esta sociedad polarizada. No se me ocurre quién ha podido poner flores en el lugar que ocupaba el vendedor de flores: tal vez sus amigos de la calle, indigentes como él, tal vez algún transeúnte habitual, no se. Pedro se las merece, por supuesto, mucho más que eso. Pero cuando alguien muere, como él, en el último escalón de la pobreza, hay muchas preguntas que quedan pendientes: ¿tal vez no hicimos suficiente, qué falló para que un ser humano terminara durmiendo en un descampado?. Las flores que ocupan su lugar son un recuerdo de la vida que nunca debió tener, de la muerte que nunca debió encontrarle durmiendo en plena calle, de la pasividad de una sociedad que pasó por delante de Pedro y de sus flores y no se conmovió.

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Gonzalo Revilla

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